La congregación Legionarios de Cristo, fundada en 1941 por el sacerdote mexicano Marcial Maciel Degollado, reaccionó recientemente contra el documental Marcial Maciel: El lobo de Dios, estrenado el 14 de agosto en HBO Max. En su pronunciamiento, la organización cuestionó el uso de imágenes sin autorización y advirtió que la producción ha provocado “descontento” en la sociedad.
La declaración resulta cuando menos irónica: los Legionarios parecen molestarse más por la reacción social a la verdad que por la verdad misma. Y la verdad es que su fundador fue un pederasta que abusó de decenas de niños y jóvenes, que engañó a mujeres, que vivió con doble vida como padre de familia, y que contó con una red de complicidades en la propia Iglesia para mantenerse impune durante décadas.
El documental que incomoda
La serie documental expone en cuatro episodios (tres ya disponibles) la doble cara de Marcial Maciel. Muestra su ascenso como carismático fundador de una de las congregaciones más influyentes del catolicismo y, al mismo tiempo, como uno de los mayores depredadores sexuales en la historia de la Iglesia.
La producción exhibe cómo Maciel:
- Abusó de al menos 60 menores, muchos bajo su tutela en seminarios.
- Manipuló a familias adineradas para financiar su obra y acumular poder.
- Vivió una vida secreta con mujeres e hijos, mientras predicaba celibato.
- Se convirtió en el principal recaudador de fondos del Vaticano, al grado de duplicar su presupuesto.
- Fue protegido por autoridades eclesiásticas de alto nivel, incluido el Papa Juan Pablo II, hasta que en 2006 el papa Benedicto XVI lo obligó a retirarse del ministerio.
El documental no se limita a señalar a Maciel. También recuerda que otros 33 sacerdotes legionarios fueron acusados de abusar a 175 menores, según un informe interno de la propia congregación en 2019. El problema, pues, no se reduce a un “fundador monstruo”, sino a una estructura con complicidades sistemáticas.
Quién fue Marcial Maciel
Nacido en Cotija, Michoacán, en 1920, Maciel fundó a los Legionarios de Cristo en 1941, convenciendo a la jerarquía de que representaba la nueva savia de la Iglesia mexicana. Su figura fue durante décadas sinónimo de disciplina, obediencia y poder económico.
Pero detrás del aura de santidad se escondía un depredador. Testimonios recogidos desde los años noventa describieron abusos sexuales, manipulación psicológica, drogadicción y una red de silencios cómplices. En 1997, ocho exlegionarios enviaron una carta abierta al papa Juan Pablo II denunciándolo públicamente. El Vaticano tardó casi diez años en actuar.
Maciel murió en 2008 en Florida, sin enfrentar un proceso judicial ni civil ni canónico. Hasta 2010, dos años después de su muerte, los Legionarios reconocieron oficialmente la gravedad de su conducta.
El discurso oficial de los Legionarios
En su reciente reacción al documental, los Legionarios insistieron en que desde 2010 y 2014 han publicado en su portal Ambientes Seguros la información sobre las medidas adoptadas para prevenir abusos. Afirman que su compromiso es la transparencia y el acompañamiento a las víctimas.
Sin embargo, este mensaje contrasta con el enojo mostrado por la exposición mediática. ¿Cómo justificar la existencia de una congregación cuya fundación está marcada por la podredumbre? ¿Cómo sostener su legitimidad cuando no solo su creador, sino también otros miembros han reproducido abusos sistemáticos?
Opinión: la indignación equivocada
Que los Legionarios se quejen por “el descontento social” generado por un documental resulta revelador. La verdadera indignación debería dirigirse hacia el dolor de las víctimas, el encubrimiento sistemático, la impunidad eclesial y la herida profunda a la credibilidad de la Iglesia.
Hoy la pregunta es más grande que un comunicado:
¿puede sobrevivir una congregación nacida en el engaño y cimentada en la violencia?
¿o la existencia misma de los Legionarios es un recordatorio de que la Iglesia aún no se atreve a cortar de raíz aquello que la corroe desde dentro?
Mientras tanto, el documental no hace más que poner a la luz lo que estuvo oculto demasiado tiempo: que el legado de Maciel no fue espiritual, sino de corrupción, abuso y complicidad.