El caso del obispo Raúl Vera y la sacerdotisa anglicana: un debate ecuménico pendiente

El obispo emérito de Saltillo, Raúl Vera López, volvió a generar controversia tras permitir la participación activa de Emilie Smith, clériga anglicana canadiense, durante una misa en el Santuario de Guadalupe. 

El gesto, que se hizo viral en las redes sociales de interesados en temas religiosos, fue celebrado por algunos como signo de apertura, pero condenado por otros como un abuso litúrgico y una falta grave contra la normativa canónica.

Durante la celebración, Smith no solo predicó, sino que también elevó el cáliz con la Sangre de Cristo ya consagrada, un gesto reservado canónicamente a los sacerdotes católicos. 

Para muchos canonistas, la acción se ubica en el terreno de lo ilícito e incluso de lo sacrílego. La reacción más fuerte provino de sectores conservadores de la Iglesia católica, que ven en este hecho una amenaza al orden litúrgico y una afrenta a la disciplina eclesial.

Sin embargo, la pregunta de fondo que se ha vuelto a abrir no es únicamente jurídica, sino teológica y pastoral: ¿puede el ecumenismo quedarse reducido a declaraciones de hermandad pero impedir signos concretos de comunión?

El dilema entre norma y comunión

El Código de Derecho Canónico es claro al reservar la presidencia eucarística a los sacerdotes ordenados válidamente en la Iglesia católica. Desde ese marco, no hay ambigüedad: lo ocurrido en Saltillo contradice la norma. Pero la historia de la Iglesia enseña que las normas no son inmutables; se han transformado en función de los tiempos, las culturas y los procesos de discernimiento comunitario.

En el trasfondo del gesto de Vera no está sólo la figura de Emilie Smith como sacerdotisa anglicana, pues no se critica por ser anglicana, sino por ser mujer, por lo que en el fondo el debate universal es sobre la ordenación de mujeres. 

En el catolicismo, la prohibición se fundamenta en la tradición apostólica y ha sido reafirmada por papas recientes como Juan Pablo II y Benedicto XVI. No obstante, otras iglesias cristianas —anglicana, luterana, metodista, presbiteriana— han abierto hace décadas el ministerio ordenado a las mujeres sin que ello haya impedido su fidelidad al Evangelio.

¿No es, entonces, legítimo preguntarse si la exclusión de las mujeres en el catolicismo responde realmente a un mandato divino o a una interpretación histórica condicionada por la cultura patriarcal?

Una mesa común: ¿utopía o camino?

Lo ocurrido en Saltillo toca una fibra sensible: la Eucaristía, el sacramento central de la vida católica. Para la doctrina oficial, la comunión plena con otras confesiones cristianas todavía no es posible por las diferencias doctrinales en torno al ministerio y la validez sacramental. Sin embargo, el Concilio Vaticano II llamó a trabajar por la unidad, y en las últimas décadas se han multiplicado los gestos ecuménicos.

La participación de Emilie Smith puede leerse no como una intromisión, sino como un signo de fraternidad cristiana frente a los desafíos comunes: la crisis climática, la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de justicia social. ¿No vale la pena arriesgar símbolos de unidad en torno a la mesa de Jesús cuando el mundo necesita un testimonio cristiano común?

Más allá de Vera, un debate impostergable

Raúl Vera es conocido por su cercanía con las causas sociales y por desafiar estructuras rígidas de la Iglesia. No es la primera vez que incomoda al establishment eclesial. Pero reducir la discusión a si “se saltó las normas” sería perder la oportunidad de abrir un debate más profundo:

  • ¿Debe la Iglesia católica mantener cerrada la puerta al ministerio femenino?
  • ¿Puede el ecumenismo ir más allá de gestos diplomáticos y arriesgar celebraciones compartidas?
  • ¿Es posible custodiar la identidad católica sin excluir la riqueza espiritual de otros credos cristianos?

La indignación canónica no debería tapar la interpelación evangélica: ¿qué quiso decirnos este gesto sobre la urgencia de una Iglesia más fraterna, menos temerosa y más abierta al soplo del Espíritu?

El caso de Saltillo no se agota en la anécdota de un obispo emérito polémico. Es un espejo que refleja las tensiones actuales del cristianismo: tradición y renovación, disciplina y fraternidad, exclusión y hospitalidad.

Quizá la verdadera pregunta no sea si Raúl Vera se equivocó o no, sino si la Iglesia católica está dispuesta a escuchar, sin miedo, los clamores de quienes sueñan con un cristianismo más incluyente, más ecuménico y más fiel al Evangelio de Jesús.

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