En una democracia es normal que los medios tomen partido. Lo que no es normal —ni ético— es que mientan. Cuando el afán político sustituye la búsqueda de la verdad, el periodismo deja de servir al ciudadano y se convierte en un instrumento de propaganda y manipulación.
En toda sociedad democrática, la pluralidad de ideas es una bendición: existen medios progresistas, conservadores, afines a la izquierda o a la derecha. No hay problema en eso. Cada medio tiene su identidad, su historia y su manera de mirar el país. Lo que preocupa es otra cosa: cuando un medio decide construir una realidad falsa para favorecer su postura política.
Nadie discute el derecho de un medio de simpatizar o no con un gobierno, pero lo que se espera de un medio de comunicación es que respete un principio básico: los hechos deben ser verdaderos. Y si no se tienen pruebas, no hay derecho a afirmarlo como si fuera una verdad.
La diferencia entre opinar y mentir
El periodista puede tener opinión; lo que no puede tener son hechos inventados. Es legítimo que un columnista cuestione al poder o que simpatice con una ideología; eso forma parte del debate público. Pero si ese columnista o ese medio afirma, sin pruebas, que alguien cometió un delito, ha cruzado una frontera ética.
En México, esto se ha vuelto frecuente. No son pocos los espacios informativos donde se publican acusaciones graves sin mostrar documentos, testimonios ni registros que las respalden. Ejemplo de ello son los señalamientos que aseguran que los hijos del expresidente Andrés Manuel López Obrador se enriquecieron mediante vínculos con grupos delictivos o que el propio expresidente dirige al gobierno actual desde algún lugar de Palacio Nacional.
Hasta el momento, no existe evidencia pública ni judicial que respalde esas afirmaciones, y sin embargo se han repetido una y otra vez, como si la repetición convirtiera el rumor en hecho.
El periodista Raymundo Riva Palacio llegó a escribir en una columna que “la verdad es irrelevante”. La frase, más allá de su contexto, refleja un fenómeno preocupante: para algunos comunicadores, la verdad ha dejado de importar cuando lo que se busca es emocionar o persuadir políticamente.
Cuando la política contamina al periodismo
Los políticos exageran; eso no sorprende a nadie. Desde siempre han dicho cosas como “tenemos el mejor sistema de salud del mundo” o “vivimos la etapa más democrática de la historia”.
Las declaraciones optimistas —y a veces falsas— son parte del juego del poder. Pero los medios no están para jugar ese mismo juego: están para comprobar lo que dicen los políticos, no para imitarlos.
El problema comienza cuando los medios se comportan como partidos de oposición o como voceros del gobierno. Cuando en lugar de investigar, repiten consignas.
Entonces dejan de ser guardianes de la verdad y se convierten en fabricantes de versiones.
El precio de mentir
La consecuencia es visible: la gente ya no cree lo que dicen los medios. El Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo reporta que México es uno de los países con menor confianza en sus medios: apenas el 35 % de los ciudadanos cree en las noticias que consume.
No es una casualidad. La mentira, aunque sea “políticamente útil”, termina destruyendo el prestigio de quien la difunde. Cada vez que un medio publica una acusación sin evidencia, el periodismo retrocede un paso. Y cada vez que el público descubre una falsedad, se apaga un poco más la confianza en la palabra escrita.
El poder de decir la verdad
El periodismo nació para incomodar, pero no para engañar. Puede tener postura, pero no falsedad. Puede discrepar, pero no inventar. Su fuerza está en la veracidad, no en el ruido.
En tiempos de polarización, cuando cada bando tiene sus “verdades”, conviene recordar algo simple: la verdad no tiene dueño, pero sí tiene método. Ese método se llama verificación: contrastar datos, revisar fuentes, escuchar a las partes, publicar con responsabilidad.
Cuando los medios olvidan ese método, el ciudadano pierde su brújula. Y una sociedad sin brújula termina navegando entre el fanatismo y la desconfianza.
Reflexión final
Nadie exige neutralidad perfecta. El periodismo no es una máquina, sino un acto humano que interpreta, selecciona y opina. Pero el límite está en la mentira. Un medio que manipula los hechos, que acusa sin pruebas o que inventa realidades para sostener su ideología, traiciona al público que lo sostiene.
En los tiempos que corren, cuando algunos afirman que “la verdad es irrelevante”, conviene recordarlo con firmeza: Sin verdad no hay periodismo. Y sin periodismo no hay democracia.











