Te puede interesar leer: La marcha del 15 de noviembre: del hartazgo a la narrativa opositora.
Quizá quieras leer los antecedentes de la marcha: Qué hay realmente detrás de la movilización del 15 de noviembre.
Lo que se anunció como una nueva demostración del “hartazgo juvenil” terminó por exhibir las debilidades de un movimiento que no logra consolidarse ni como genuina expresión de la Generación Z ni como fuerza social con rumbo claro.
La segunda marcha convocada en la Ciudad de México por el autodenominado movimiento Generación Z, realizada el 20 de noviembre, mostró una asistencia mínima, desarticulación interna y señales preocupantes de contradicción ética y política.
Lejos de convertirse en un despertar cívico juvenil, la movilización evidenció una desconexión profunda entre el discurso que se promueve en redes sociales y la respuesta real en las calles.
Una convocatoria raquítica y sin rostro juvenil
Diversos medios, entre ellos La Jornada y El País, coinciden en que la asistencia fue muy baja: apenas decenas de personas al inicio y poco más de un centenar durante el recorrido, cifras que contrastan con la narrativa de un movimiento generacional amplio y organizado .
Uno de los aspectos más reveladores fue la escasa presencia de jóvenes. La mayoría de los asistentes no correspondía al rango etario que define a la Generación Z. Más que estudiantes, se observó la presencia predominante de adultos, algunos incluso proclamándose como “padres de la generación”, lo cual deja en evidencia una apropiación discursiva del concepto generacional sin su respaldo real.
El movimiento que se presenta como voz juvenil no logró ser acompañado por jóvenes auténticamente involucrados, comprometidos y visibles en la conducción de la protesta.
La coincidencia con el desfile de la Revolución y el cerco policial
Es importante matizar un aspecto que ha sido interpretado de forma tendenciosa. La marcha no fue detenida por represión arbitraria, sino que su paso hacia el Zócalo fue limitado debido a que en la plancha se desarrollaba el desfile oficial del 20 de noviembre, en conmemoración de la Revolución Mexicana, con un amplio operativo de seguridad y cierre de espacios públicos previamente anunciado .
El cerco, por tanto, respondió a un contexto logístico y de seguridad por un evento nacional de gran magnitud, no a un intento directo de silenciar la protesta. Sin embargo, esta situación sí afectó la visibilidad y proyección simbólica de la marcha, que no pudo culminar en el principal foro político de la nación.
Consignas que desdibujan la legitimidad
Uno de los elementos más polémicos fue la presencia de pancartas solicitando la intervención de Estados Unidos para destituir al gobierno de la Cuarta Transformación, bajo lemas como “S.O.S USA”. Este tipo de mensajes, lejos de fortalecer una causa ciudadana, la debilitan profundamente al sugerir subordinación nacional y renuncia a la soberanía política .
Se puede estar en desacuerdo con un gobierno, se vale criticar, cuestionar y exigir rendición de cuentas. Pero desear una intervención extranjera para derrocar a un gobierno legítimamente electo no es protesta democrática: es una ruptura ética con el principio básico de autodeterminación nacional.
Y esto no solo deslegitima al movimiento ante amplios sectores de la sociedad, sino que lo coloca bajo sospecha de instrumentalización política.
Falta de liderazgos, rumbo y autenticidad
La segunda movilización dejó ver con mayor claridad lo que en la primera ya se insinuaba: la ausencia de liderazgos identificables, de una agenda clara y de una narrativa coherente.
Las demandas se mostraron dispersas, contradictorias y sin un proyecto articulado que conecte con las verdaderas preocupaciones de la juventud: empleo digno, educación de calidad, futuro sostenible, salud mental, acceso a vivienda.
A ello se suma el señalamiento del propio gobierno sobre posibles campañas digitales de desinformación y financiamiento oscuro detrás de la convocatoria, lo cual ha sembrado dudas sobre la espontaneidad del movimiento .
La sensación que queda no es la de un movimiento ciudadano emergente, sino la de una protesta forzada, artificial y carente de alma generacional.
Protesta que se convierte en simulación
El fracaso de esta segunda marcha no significa que no exista inconformidad juvenil en México. Sí la hay. Pero esta no se expresa necesariamente a través de un movimiento que utiliza su nombre sin representarla. La juventud mexicana no es homogénea ni apática, pero tampoco es ingenua. Sabe distinguir entre una causa auténtica y un montaje político.
El riesgo de estas movilizaciones fallidas es doble: por un lado, banalizan la protesta social; por otro, desacreditan la participación juvenil real, que queda atrapada entre la manipulación y la sospecha.
Más ruido que conciencia
La marcha de la llamada Generación Z en la CDMX no logró convertirse en un movimiento significativo. Mostró debilidad organizativa, falta de coherencia ética y una peligrosa cercanía a discursos que atentan contra la soberanía nacional. Sin jóvenes reales, sin liderazgo claro, sin causa nítida y sin legitimidad moral, la protesta se desdibujó antes de consolidarse.
Más que un despertar juvenil, fue un síntoma de cómo ciertos sectores pueden intentar fabricar inconformidades para fines políticos inmediatos. Y cuando la narrativa no coincide con la realidad, la realidad termina imponiéndose.
La juventud mexicana merece ser escuchada, pero no manipulada.











