El “Escudo de las Américas” y la ausencia de dignidad diplomática en el continente

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Donald Trump y varios líderes latinoamericanos posan frente al emblema “Shield of the Americas – Doral 2026” con banderas de distintos países del continente detrás.
Mandatarios y representantes de varios países del continente posan junto al presidente estadounidense Donald Trump durante la reunión denominada Shield of the Americas – Doral 2026, celebrada en Florida.

En ocasiones la política internacional no se entiende tanto por lo que se firma, sino por lo que se escenifica. Y la reunión conocida como el llamado “Escudo de las Américas”, encabezada por el presidente estadounidense Donald Trump, dejó más preguntas que respuestas sobre el verdadero sentido de aquel encuentro.

A primera vista, la reunión parecía un esfuerzo de coordinación hemisférica. Sin embargo, el listado de asistentes reveló algo distinto: participaron principalmente gobiernos que ya mantienen una clara afinidad política con Washington, como el de Javier Milei en Argentina o el de Nayib Bukele en El Salvador.

Esto plantea una pregunta inevitable: si esos gobiernos ya están alineados con Estados Unidos, ¿qué necesidad había de convocarlos para reafirmar algo que ya es evidente?

Estados Unidos no necesita validar su liderazgo frente a países que ya se han declarado sus aliados. Tampoco necesitaba construir una coalición política con ellos. Su respaldo ya estaba dado.

Por eso el encuentro despierta suspicacias. Si no se trataba de construir consenso continental ni de negociar acuerdos entre actores con peso equivalente, entonces la reunión parece haber tenido otro propósito: mostrar una fotografía política del poder en el continente.

Pero incluso esa interpretación deja una incógnita. Las demostraciones de poder siempre tienen destinatario. La pregunta es: ¿demostrarle a quién? Difícilmente a los gobiernos presentes. Ellos ya habían expresado su cercanía con Washington.

Más probable es que el mensaje estuviera dirigido a otros actores del continente que no estuvieron en la mesa, especialmente a países con mayor peso regional como México o Brasil. En otras palabras, la reunión pudo haber sido una manera de mostrar que Estados Unidos todavía puede articular un bloque de aliados en América Latina, incluso sin la participación de las principales potencias latinoamericanas.

Pero el encuentro también tuvo elementos simbólicos que resultaron inquietantes. Uno de ellos fue la entrega de souvenirs con la pluma fuente con la que Trump firmó el documento del encuentro. En diplomacia, los símbolos importan. Cuando el objeto conmemorativo de una reunión no representa el acuerdo entre los países, sino la firma personal del líder que lo preside, el mensaje cambia: el centro de la escena deja de ser el acuerdo regional y pasa a ser la figura que lo lidera.

Más inquietante aún fue el tono grotesco del encuentro. Trump afirmó sin empacho que él no pensaba aprender a hablar “ese maldito idioma”, refiriéndose al español. Puede parecer una frase más dentro de su estilo directo y provocador. Pero en el contexto de una reunión con gobiernos latinoamericanos, el comentario adquiere otra dimensión, pues el español —y el portugués— no son simplemente idiomas: son parte esencial de la identidad cultural del continente.

En diplomacia, donde cada palabra suele medirse con cuidado, ese tipo de afirmaciones rompe con la cortesía elemental entre Estados.

El estilo político de Trump ha sido siempre distinto al de la diplomacia tradicional. Su discurso no es el de un grosero vulgar, sino el de quien busca proyectar fuerza, desafiar las convenciones y conectar con una narrativa política interna en Estados Unidos

Sin embargo, cuando ese estilo se traslada al escenario hemisférico, especialmente en una región marcada por una larga historia de relaciones desiguales con Washington, los gestos adquieren una carga que inevitablemente simbolizan el insulto del poderoso al débil.

La cuestión, sin embargo, no es únicamente el comportamiento del anfitrión. La pregunta más inquietante recae sobre los asistentes porque la diplomacia no consiste solo en firmar acuerdos o participar en reuniones. También implica defender la dignidad y la soberanía del propio país, incluso cuando se coopera con potencias más grandes.

Un gobierno puede mantener alianzas estratégicas, acuerdos comerciales o cooperación en seguridad con Estados Unidos y, al mismo tiempo, expresar desacuerdos claros cuando se afectan sus intereses nacionales. De hecho, esa capacidad de equilibrio es uno de los rasgos de la alta diplomacia.

Por eso llama la atención que en una reunión de esta naturaleza no se hayan escuchado objeciones, matices ni gestos contrarios a Estados Unidos. La escena que quedó fue otra: la de una reunión donde el poder parecía concentrado en un solo actor, Donald Trump, mientras los demás participaban sin cuestionamientos visibles. Quizá esa sea la imagen más reveladora del encuentro.

La,imagen del encuentro llamado El Escudo de las Américas no fue tanto la del liderazgo estadounidense —que nadie discute— sino la de una región que acepta silenciosamente La jerarquía de Trump.

La pregunta que queda abierta para América Latina es  ¿la diplomacia de nuestros países busca acuerdos entre socios… o termina aceptando escenas donde la política exterior se parece demasiado a una relación de subordinación?

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