“Soy mujer, soy madre, soy abuela, soy ama de casa y soy la comandante suprema de las fuerzas armadas de México”. Con esta frase, Claudia Sheinbaum sintetizó algo que parecía imposible hace apenas unas décadas: la llegada de una mujer presidenta —con A, como a ella le gusta decir— a un país marcado por una larga historia de presidencialismo patriarcal.
Durante más de un siglo, la imagen de un presidente en México era la de un hombre trajeado, rodeado de otros hombres trajeados. La politóloga Vanesa Romero lo resumió con ironía al señalar que “en esas fotos hay más gente presa que mujeres”. La política mexicana había sido, por tradición y por diseño, un club masculino. La presidencia se concebía como la cúspide del poder viril, casi militarizado, donde la fuerza importaba más que la sensibilidad.
El cambio comenzó con Andrés Manuel López Obrador, quien abrió la puerta a que las mujeres ocuparan posiciones de poder relevantes en su gabinete y en gobiernos estatales. Con él, dejó de ser raro ver a mujeres liderar secretarías de Estado o asumir gubernaturas. Ese terreno abonado permitió que el paso siguiente fuera posible: la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de la República.
La diferencia no es sólo de género, es de mirada. Cuando Sheinbaum se define como mujer, madre, abuela y ama de casa, no se trata de un guiño trivial, sino de un mensaje profundo: gobernar no implica negar las identidades femeninas ni adaptarse al molde masculino del poder. Ser presidenta con A significa gobernar desde una experiencia vital que conjuga la ciencia con la maternidad, la política con el cuidado, la autoridad con la empatía.
A un año de su gobierno, también ha quedado claro que su estilo de conducción es austero, solidario, sobrio y determinante en su propósito de procurar el bienestar universal de la sociedad mexicana. Universal en el sentido más amplio: sin excluir a ninguna clase social, credo, origen o condición. Claudia Sheinbaum ha logrado proyectar la imagen de una presidenta con visión de Estado y con profundo amor por México. Un gobierno del que, si se deja de lado el velo de la ideología neoliberal que todo lo distorsiona, cualquier ciudadano puede sentirse orgulloso.
México transita así de un presidencialismo que invisibilizaba a la mujer, a uno que la reconoce en toda su complejidad. Y el simbolismo es poderoso: que la comandante suprema de las fuerzas armadas pueda decir al mismo tiempo que es madre y abuela rompe con la narrativa de que el poder exige dureza deshumanizada. Al contrario, Sheinbaum plantea que el poder puede ejercerse desde el cuidado, la responsabilidad compartida y la conciencia histórica.
La presidencia de Claudia Sheinbaum será juzgada, como todas, por sus resultados. Pero hay un cambio que ya es irreversible: México ha aprendido que el poder también tiene rostro de mujer. Y que cuando se dice presidenta con A, no se trata sólo de una letra, sino de una afirmación de dignidad, de justicia y de historia.