
Cuando la crítica al gobierno se convierte en descalificación permanente, no amplía audiencias ni persuade a los ciudadanos: lo que hace es confirmar que la oposición está desconectada de la población y que subestima la inteligencia social.
En una democracia madura, la crítica es indispensable. Sin ella, el partido en el poder se atrofia, pierde su espíritu y la sociedad se adormece.
Pero cuando la oposición se dedica a repudiarlo todo, a criticar incluso lo que está bien y a exagerar lo que está mal, sustituye el análisis por el odio y la propuesta por la descalificación. Entonces no solo fracasa en su intento de persuadir: termina decepcionando a una sociedad que sí piensa, discierne y recuerda.
La ciudadanía no es ingenua
Resulta imposible comprender el clima político del país si no se parte de un principio básico: la ciudadanía mexicana no es un actor pasivo ni un bloque emocional fácilmente manipulable. Puede equivocarse —como toda sociedad—, pero, a su manera, piensa, compara, analiza y decide.
Los partidos, las élites políticas y las cúpulas económicas pueden influir en la selección de candidaturas, pero la decisión final ocurre en las urnas. Después del escrutinio se puede discrepar del resultado; lo que no es legítimo es negar la capacidad de decisión de los ciudadanos cuando el resultado no favorece a ciertos intereses.
Subrayar de forma reiterada que nuestra decisión ciudadana no solo fue equivocada, sino producto de una supuesta incapacidad político-social, no expresa únicamente oposición política: constituye un insulto permanente a la inteligencia cívica de quienes decidimos votar.
Quienes simpatizamos o votamos por la Cuarta Transformación no estamos en contra de la alternancia. Por el contrario, preferimos la alternancia a la perpetuidad. Lo que la sociedad rechaza no es el cambio de siglas en el poder, sino el regreso de un modelo político que normalizó la desigualdad, la corrupción y el abandono social.
La alternancia es deseable cuando no implica retroceder en justicia social.
El error de fondo de una oposición ruidosa
Una parte significativa del discurso opositor actual parte de un error: creer que el odio moviliza mayorías. Mentir, exagerar e insultar se ha convertido en estrategia recurrente de ciertos sectores que suponen que la sociedad no distingue entre crítica fundada y descalificación sistemática.
Algunos comunicadores de oposición sostienen que este tono duro no busca convencer al llamado “voto duro”, sino persuadir a los ciudadanos apáticos y a los indecisos, aquellos que no se identifican con ningún proyecto político o que podrían cambiar su decisión electoral.
El problema es que esta estrategia parte de varios malentendidos. El primero es asumir que esos sectores no razonan, sino que reaccionan. En la práctica, muchos de los llamados apáticos o indecisos desconfían precisamente del discurso exagerado, del escándalo permanente y del odio como forma de hacer política. Lejos de atraerlos, ese estilo suele confirmarlos en su distancia frente a una oposición que no los toma en serio como ciudadanos pensantes.
El segundo malentendido es creer que quienes votamos por la izquierda somos “voto duro” y no voto razonado. Tras décadas de saqueo del país, represiones sangrientas, desapariciones forzadas desde el Estado, indiferencia frente a la pobreza y políticas sociales más asistenciales que distributivas, resulta natural que el voto ciudadano se incline hacia proyectos que, al menos en sus principios fundacionales, se comprometen con disminuir la pobreza, impulsar políticas redistributivas y gobernar con cercanía social.
Por eso el discurso de la oposición no amplía audiencias. Solo reafirma a un público ya convencido. Para quienes valoramos —aunque sea críticamente— la redistribución de la riqueza y el giro social del Estado, esa narrativa agresiva no persuade: solo decepciona.
Y más aún: cuando el ataque se vuelve visceral, termina confirmando que el voto emitido tuvo sentido, no porque el gobierno sea impecable, sino porque la alternativa no logra articular una propuesta ética y socialmente creíble.
El odio no es argumento; es confesión de vacío.
No toda la oposición habla desde el resentimiento
Conviene decirlo con claridad para evitar simplificaciones: no toda la oposición actúa desde el odio. Existen figuras públicas que han ejercido la crítica sin recurrir a la exageración ni al deseo de que al país le vaya mal.
Ahí están, por ejemplo, Mauricio kuri, cuya oposición se ha centrado más en la gestión que en el discurso apocalíptico, o Beatriz paredes, quien ha sabido reconocer transformaciones sociales reales desde una postura crítica e institucional.
El problema es que esas voces quedan opacadas por un discurso opositor dominante, más ruidoso y mediático, que ha optado por la confrontación permanente como identidad política.
La crítica convertida en espectáculo
Algunas de las figuras más visibles del espacio opositor han construido su presencia pública a partir del escándalo constante, la sospecha sin matices y una narrativa de colapso inminente. En ese registro se inscriben comunicadores y activistas como Carlos Loret de Mola o Víctor Trujillo, donde el énfasis ya no está en debatir políticas públicas, sino en alimentar una indignación que no conduce a soluciones.
No se cuestiona su derecho a criticar. Lo que se pone en duda es la lógica del discurso: cuando la exageración sustituye al argumento y la burla reemplaza al análisis, la crítica pierde densidad democrática.
Algo similar ocurre con actores políticos y empresariales como Claudio X. González, cuya oposición se ha construido más desde la lógica de derrotar al adversario que desde la formulación de un proyecto alternativo de país.
La crítica sin propuesta no construye oposición: construye ruido.
Hay un límite ético: desear que al país le vaya mal
Quizá el punto más grave es que cada vez más ciudadanos perciben que ciertos sectores opositores parecen desear que al país le vaya mal con tal de recuperar el poder. Se habla con ligereza de crisis, colapsos o intervenciones externas; incluso se insinúa que una presión extranjera podría “corregir” el rumbo nacional.
Ese deseo —explícito o velado— rompe cualquier vínculo de confianza con la sociedad. Ningún proyecto político puede aspirar a gobernar si antes no demuestra que ama al país más de lo que odia a sus gobernantes.
Hasta ahora, lo que predomina no son propuestas claras para reducir la pobreza, combatir la desigualdad o fortalecer el bienestar colectivo, sino críticas desproporcionadas y narrativas desfiguradas de la realidad.
Qué espera la sociedad de una oposición
México necesita una oposición fuerte, sí, pero no una oposición odiadora. Necesita una crítica que reconozca errores reales, que proponga alternativas viables y que asuma un compromiso auténtico con el bienestar social.
Mientras eso no ocurra, el discurso del odio seguirá siendo una de las razones por las que amplios sectores de la sociedad mantienen su respaldo al proyecto actual, aun con sus límites, errores e imprudencias.
La democracia no se fortalece con rencor, sino con propuestas que merezcan confianza.










