Cuando la crítica se queda sin corrupción, se refugia en los zapatos

Zapato elegante negro bajo reflectores y cámaras de medios de comunicación, simbolizando el escrutinio mediático sobre detalles menores en la política.
La lupa mediática puede convertir episodios menores en grandes polémicas, desplazando el foco de los debates estructurales hacia terrenos simbólicos.

En los últimos meses hemos visto desplegarse una curiosa batería de críticas desde ciertos espacios mediáticos y comentariales contra la llamada Cuarta Transformación. No se trata —al menos no principalmente— de grandes investigaciones sobre desvíos millonarios, redes de contratos amañados o sistemas de corrupción estructural. No. La artillería pesada ha sido sustituida por episodios más bien domésticos, simbólicos, casi anecdóticos.

Que si alguien limpió los zapatos del presidente de la Suprema Corte mientras los traía puestos. Que si se instaló una estética dentro del Poder Legislativo. Que si tal funcionario voló en primera clase. Postales, más que expedientes.

La pregunta que surge no es menor: ¿de verdad ahí está el corazón de la corrupción que pretenden denunciar? ¿O estamos ante un desplazamiento del foco crítico hacia terrenos más rentables en lo mediático que en lo sustantivo?

La austeridad como campo de batalla simbólico

Hay que conceder algo: cuando un proyecto político hace de la austeridad su bandera moral, cualquier gesto que la contradiga adquiere valor narrativo. La oposición mediática lo sabe y opera ahí.

No porque limpiar zapatos constituya un delito, sino porque funciona como metáfora visual de privilegio. No porque una estética legisle leyes, sino porque evoca frivolidad. No porque un vuelo cambie el presupuesto nacional, sino porque cuestiona la congruencia. Esa es crítica simbólica, no estructural.

Y, sin embargo, el problema aparece cuando esa crítica simbólica se sobredimensiona hasta presentarse como prueba de que nada ha cambiado, de que todo es lo mismo, de que la corrupción simplemente mudó de piel. Ahí la lupa deja de observar y empieza a deformar.

Cuando ocurre una tragedia

El caso del accidente ferroviario en Oaxaca abrió otro frente. Como suele suceder, la desgracia humana se volvió campo de disputa política inmediata. Antes de que las investigaciones técnicas concluyeran, ya circulaban veredictos mediáticos: negligencia, improvisación, incapacidad gubernamental. Para ellos no son accidentes sino síntomas ideológicos.

Algunas narrativas fueron más lejos, insinuando que la inversión pública misma era el problema. Que el Estado no debía construir trenes. Que hacerlo era, por naturaleza, ineficiente y peligroso. Ahí la crítica dejó de ser sobre un hecho concreto para convertirse en juicio sobre un modelo de país.

El tren como enemigo ideológico

Lo que subyace a ciertos discursos no es sólo la evaluación de una obra, sino la incomodidad con lo que representa: inversión pública, desarrollo del sureste, presencia del Estado en regiones históricamente abandonadas, infraestructura orientada a integración territorial.

El tren no es sólo un tren: es un símbolo y por eso se le combate también en el terreno simbólico, porque aceptar su viabilidad implicaría aceptar que el Estado puede construir, planear y detonar desarrollo fuera de los polos tradicionales de riqueza de unos cuantos.

La vieja desconfianza hacia lo público

En México —como en buena parte de América Latina— persiste una desconfianza histórica hacia la capacidad del Estado. No siempre infundada, hay que decirlo, pues décadas de corrupción priísta la alimentaron.

Pero de esa desconfianza legítima hacia el Estado se pasó, en ciertos sectores, a una premisa casi dogmática: si lo hace el Estado, será ineficiente; si lo hace el mercado, será virtuoso.

Bajo ese prisma, cualquier falla del sector público confirma que el Estado es por naturaleza ineficiente, mientras los fracasos privados se diluyen como accidentes aislados.

El lenguaje político agrupa… y separa

Aquí entra un elemento clave: el lenguaje político. No se trata sólo de describir hechos, sino de activar pertenencias ideológicas. Cuando se usan palabras como “despilfarro”, “dádivas”, “obras faraónicas” o “caprichos presidenciales”, no se informa: se encuadra ideológicamente. 

Con ese lenguaje se convoca a una comunidad emocional que ya cree que el Estado gasta mal, que los pobres reciben demasiado, que el sureste es improductivo.

Las palabras no sólo comunican: alinean. Crean un “nosotros” que observa al país con distancia, como si el problema fuera siempre el país y nunca la mirada.

Crítica necesaria, desproporción innecesaria

No estamos diciendo que el gobierno deba quedar exento de escrutinio. Al contrario: mientras más poder concentra un proyecto político, más vigilancia requiere. Pero vigilar no es caricaturizar. Fiscalizar no es editorializar sin evidencias. Cuestionar no es desear el fracaso.

Cuando la crítica se queda sin grandes casos que exhibir, corre el riesgo de refugiarse en lo minúsculo para simular magnitud, y se usan decenas de páginas en los medios para hablar de que al presidente de la Suprema Corte le limpiaron los zapatos mientras los traía puestos.

Y entonces ocurre algo paradójico: la oposición reduce su estatura crítica al tamaño de la anécdota que denuncia.

La pregunta que queda

Quizá la interrogante de fondo no sea sobre los zapatos, la estética o los vuelos. Sino sobre el horizonte de país que se disputa detrás de cada titular.

¿Debe el Estado invertir en regiones pobres aunque se equivoque? ¿O debe abstenerse para no fallar nunca?

¿Preferimos un Estado que intente y corrija… o uno que renuncie a intentar?

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