El caso Allan Sanint Maximin, quien decide salir del país para proteger a su hijo de la discriminación 

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Padre y hijo caminan de espaldas por un pasillo escolar hacia la salida, como símbolo de protección frente a la discriminación.
Un padre acompaña a su hijo fuera del entorno escolar: no es huida, es una decisión para proteger la dignidad.

El caso de un futbolista profesional que decidió abandonar México tras la discriminación sufrida por sus hijos expone una contradicción profunda: exigimos respeto fuera, pero toleramos la exclusión dentro.

El caso de Allan Sanint Maximin merece ser entendido en su justa dimensión. Se trata de un futbolista profesional que decidió venir a México para desarrollar su carrera deportiva, confiando en que este país —que suele proclamarse hospitalario— ofrecía condiciones dignas no solo para trabajar, sino para vivir en familia.

Sin embargo, esa expectativa se rompió cuando sus hijos sufrieron discriminación. Ante esa realidad, Sanint Maximin tomó una decisión que no fue impulsiva ni melodramática: abandonó el país para protegerlos. No se presentó como víctima ni exigió privilegios. Simplemente ejerció un acto elemental de dignidad y de orgullo paterno.

Cualquier mexicano con dignidad, colocado en la misma circunstancia y con los medios para hacerlo, habría actuado igual. Y, sin embargo, aquí aparece una contradicción profunda: solemos indignarnos cuando los mexicanos son discriminados en el extranjero por su origen, su acento, sus costumbres o sus rasgos físicos, pero toleramos —e incluso normalizamos— la discriminación dentro de nuestras propias fronteras.

No existen campañas sostenidas y visibles contra la discriminación en escuelas, empresas o espacios públicos. No hay una pedagogía social clara. Mientras tanto, el bullying y la exclusión siguen presentes en aulas, en entornos sociales y en el ámbito comercial: contra personas por su color de piel, su nacionalidad, su forma modesta de vestir, su nivel económico o simplemente por “no encajar”.

Esto es especialmente grave en un país como México, cuya historia está atravesada por la conquista, el racismo y la desigualdad. Por todo lo que hemos sufrido, deberíamos ser ejemplo de inclusión, no reproductores del mismo desprecio que tanto denunciamos cuando lo padecemos fuera.

El caso de Allan Sanint Maximin debe ser una lección dura. No solo para las instituciones o para el discurso público, sino —sobre todo— para los padres de familia. La discriminación no nace sola: se aprende. Si nuestros hijos discriminan, es porque no hemos sabido transmitirles que la dignidad humana no depende del color de piel, del dinero, del pasaporte ni del estatus social.

No basta con condenar el racismo en abstracto. O lo erradicamos en casa, en la escuela y en la vida cotidiana, o seguiremos perdiendo autoridad moral cada vez que exijamos respeto más allá de nuestras fronteras.

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