Más de la mitad de los jugadores extranjeros abandonan la Liga MX en un año o menos. Lo que podría parecer una simple estadística deportiva revela en realidad un problema más profundo: la pérdida de identidad, la precarización del proyecto deportivo y la mercantilización extrema del futbol mexicano.
Lejos de consolidarse como un semillero de talento o una liga competitiva en lo deportivo, la Liga MX se ha convertido en un mercado itinerante de jugadores extranjeros que llegan, cobran y se marchan sin dejar huella.
El dato que desnuda el modelo
Según un monitoreo de MedioTiempo.com de los 179 futbolistas extranjeros que llegaron entre el Apertura 2022 y el Clausura 2025, 95 jugadores —el 53% del total de extranjeros— abandonaron México tras un año o menos.
En otras palabras, uno de cada dos jugadores foráneos no logra permanecer más de un torneo. El caso más reciente, el del galés Aaron Ramsey —quien dejó Pumas después de seis partidos y 235 minutos jugados—, es sólo el síntoma visible de una dinámica estructural: una liga que importa jugadores sin proyecto ni continuidad.
Detrás de la cifra hay una lógica de consumo rápido. Se contrata a jugadores sin un proceso de integración ni seguimiento real. Cuando no rinden de inmediato, se descartan como mercancía defectuosa. En el Clausura 2025, de los 28 extranjeros registrados, 27 ya habían abandonado la liga en menos de un año, una cifra que ilustra el grado de volatilidad del sistema.
Una liga que compra, pero no construye
El Reglamento de Competencia permite hasta nueve futbolistas extranjeros por club, lo que, en teoría, debía elevar la calidad del torneo. En la práctica, ha debilitado el desarrollo del talento nacional y ha convertido a la Liga MX en un escaparate de rotación.
Los equipos se han vuelto compradores compulsivos en un mercado donde la planeación deportiva es secundaria. Cada semestre, los clubes incorporan entre 25 y 35 jugadores foráneos, muchos de ellos desconocidos, provenientes de ligas menores o con rendimientos irregulares.
Lo paradójico es que las fuerzas básicas mexicanas —el verdadero futuro del futbol nacional— siguen rezagadas, con presupuestos limitados y escasa visibilidad. Mientras tanto, se gasta en fichajes que duran seis meses, en una dinámica que replica el patrón económico de un país que privilegia lo importado sobre lo propio.
El futbol como espejo del mercado laboral
El fenómeno excede lo deportivo. En el fondo, la Liga MX es un reflejo de la lógica neoliberal del mercado laboral contemporáneo: movilidad, contratos temporales, desarraigo y ausencia de comunidad.
Los jugadores extranjeros viven un ciclo idéntico al del trabajador global: se les contrata por rendimiento inmediato, sin garantías de permanencia ni proyecto humano. Son piezas intercambiables de una industria que mide el valor por la productividad del instante.
Así, el futbol mexicano se ha integrado plenamente en la “sociedad líquida” descrita por el sociólogo por Zygmunt Bauman: un mundo donde nada dura, los vínculos son reemplazables y las instituciones —incluidos los clubes— pierden su papel formador para convertirse en empresas de resultados.
Identidad rota: el hincha sin espejo
Cuando el futbol se despoja de continuidad, el aficionado pierde identidad. Los equipos ya no son comunidades de pertenencia, sino marcas que cambian de rostro cada torneo. ¿Cómo construir amor de camiseta cuando los protagonistas se marchan antes de aprender el idioma o conocer la ciudad?
Años atrás, figuras extranjeras como Cardozo, Gignac o Ciurlizza se ganaron un lugar porque echaron raíces, porque hicieron del país su casa. Hoy, el mercado produce nómadas del balón, que no generan afecto ni memoria.
El desarraigo es doble: los futbolistas no se integran, y la afición deja de creer. Lo que debería ser un espacio de identidad colectiva se reduce a un entretenimiento sin alma.
El costo de una visión cortoplacista
Esta rotación de jugadores no es casual. Es consecuencia directa de una estructura de poder donde los dueños de clubes y los representantes dominan la política del futbol mexicano.
Los contratos fugaces y los fichajes impulsivos responden a intereses económicos más que deportivos. La especulación con el pase de jugadores —una práctica común— convierte al deportista en activo financiero, no en integrante de un proyecto.
Y cuando el futbol se subordina al negocio, pierde su función social: ser un espacio de encuentro, de orgullo local, de educación deportiva.
Entre la estadística y el síntoma
El hecho de que más del 50% de los extranjeros abandonen la Liga MX en un año debería abrir una discusión nacional sobre el modelo de futbol que se está construyendo.
Porque no es sólo que “vengan de paso”: es que la liga misma ha perdido rumbo, pertenencia y propósito. En un país donde los jóvenes buscan referentes, donde el deporte podría ser un eje de cohesión social, el futbol mexicano prefiere importar promesas efímeras antes que formar carácter, disciplina y arraigo.
Epílogo: el balón que se fue sin dejar huella
El futbol sin raíces es también un país sin raíces deportivas. La crisis no está en los pies de los jugadores que se van, sino en el sistema que los trae sin convicción.
Mientras la Liga MX siga funcionando como vitrina de negocios en lugar de comunidad deportiva, seguirá repitiéndose la escena: un jugador llega, posa con la camiseta, juega unos minutos, cobra su salario y se marcha.
Y cada salida, más que una pérdida futbolística, es una metáfora del México que olvida construir futuro mientras compra presente.











