
El reciente pronunciamiento del Papa León XIV sobre el secuestro de Nicolás Maduro y la agresión a la soberanía de Venezuela, difundido por Vatican News, marca un punto de inflexión necesario para la reflexión religiosa, sobre todo porque lo que evita decir revela una tensión profunda entre diplomacia y profecía.
El mensaje papal expresa preocupación, hace un llamado a la paz y exhorta al diálogo. Sin embargo, no condena explícitamente la invasión militar estadounidense ni nombra al agresor. En términos diplomáticos, el texto es cuidadoso, pero en términos evangélicos, resulta insuficiente.
Una aclaración necesaria: condenar la invasión no es defender a Maduro
Conviene decirlo sin rodeos. Nicolás Maduro es políticamente indefendible. Su gestión ha estado marcada por autoritarismo, represión, crisis humanitaria y una erosión profunda de la vida democrática venezolana. Pero ninguna de esas razones justifica que un país extranjero invada militarmente a otro, secuestre a su presidente y declare —explícita o implícitamente— su derecho a administrar el destino de una nación.
Aceptar esa lógica sería normalizar una idea peligrosa: que los países poderosos pueden decidir cuándo un gobierno ajeno pierde su derecho a existir.
Ese principio no es cristiano, tampoco es ético y no es compatible con el derecho internacional.
Desear la paz sin condenar la violencia
El pronunciamiento del Papa se mueve en una fórmula a la que suele acudir la diplomacia vaticana: desear la paz sin nombrar con claridad la injusticia concreta que la destruye. Esta forma de hablar, frecuente en escenarios de guerra, busca evitar la confrontación directa con los actores de poder.
El problema es que la paz no es un estado de ánimo ni un estado espiritual abstracto. La paz se rompe por decisiones identificables, por actos concretos, por agresiones con responsables claros.
Cuando una autoridad moral se limita a decir que desea “que haya paz” sin decir qué es lo que la impide, el mensaje corre el riesgo de parecer estar a la misma distancia de agredido que del agresor.
El contraste evangélico inevitable
Aquí el planteamiento no es político, sino teológico. En el Evangelio de Juan (8,1-11), Jesús no desea genéricamente que haya paz entre la multitud y la mujer acusada. Jesús interviene cuando la violencia está en marcha. Habla cuando la piedra está levantada. Y su palabra no es ambigua sino directa y desarma moralmente al agresor.
Jesús no esperó a que la lapidación terminara para luego lamentar la muerte. No habló en abstracto ni evitó entrar en conflicto con el agresor. Por eso, resulta legítimo preguntarse si una declaración diplomática que llega después del golpe, puede considerarse fiel a ese modo de actuar de Jesús.
Diplomacia que protege o profecía que incomoda
La Iglesia institucional ha aprendido —con razones históricas— a hablar como actor diplomático global. Pero esa misma lógica opaca su capacidad profética cuando el poder militar actúa sin frenos.
No se trata de exigir declaraciones incendiarias ni de reducir la fe a consignas políticas. Se trata de algo más básico: nombrar la injusticia cuando ocurre, no solo lamentar sus consecuencias.
Cuando una invasión no es llamada invasión, cuando el agresor no es nombrado por su nombre, cuando la soberanía vulnerada se diluye en llamados genéricos, la palabra religiosa pierde fuerza pública.
Por una Iglesia que no llegue tarde
Aquí no buscamos descalificar al Papa ni desconocer la complejidad de su función. Más bien pretendemos señalar una tensión real que atraviesa hoy a la Iglesia: ¿ser conciencia crítica del poder o mediadora cuidadosa que llega cuando el daño ya está hecho?
La fe cristiana no está llamada a ser cronista del desastre, sino voz que se alza proféticamente cuando todavía es posible frenar la mano.
Sin duda desear la paz es necesario, pero condenar la injusticia que la destruye es imprescindible.
Porque cuando la palabra moral llega tarde, aunque sea prudente, ya no protege a los débiles, sino la comodidad de los fuertes.










