
La tensión con el PT y las disputas internas en Morena no son solo un problema legislativo. Revelan algo más profundo: el riesgo de que un proyecto nacido del hartazgo social termine atrapado en las mismas lógicas que prometió superar.
Lo que hoy ocurre alrededor del llamado “Plan B” de reforma electoral y la dispersión del Partido del Trabajo revela una tensión más profunda que una simple discusión legislativa o un desencuentro más entre partidos. Revela la dificultad de sostener un proyecto de transformación dentro de las reglas de la política tradicional.
Porque la Cuarta Transformación no es —o al menos no nació como— un proyecto partidista en sentido estricto. Su fuerza no proviene únicamente de Morena, ni de sus alianzas, ni de sus operadores políticos. Proviene de una acumulación histórica de inconformidad social. El peso de la Cuarta Transformación ni siquiera es político sino que su peso se explica por el deseo social de justicia y una conducción ética del país.
Durante décadas, amplios sectores del país vivieron bajo un modelo marcado por desigualdad persistente, corrupción estructural y decisiones públicas que favorecieron a élites políticas y económicas. Los gobiernos del PRI y del PAN —con algunas diferencias entre sí— forman parte de ese ciclo que terminó por erosionar la confianza de millones de mexicanos.
La 4T logró lo que pocos proyectos políticos han conseguido: convertir ese malestar en una expectativa concreta de cambio. Y es precisamente ahí donde se encuentra hoy su mayor desafío.
La dispersión del PT que no puede explicarse como anécdota
El comportamiento reciente del Partido del Trabajo, al alejarse del proyecto de la Cuarta Transformación, no puede leerse como un simple desacuerdo coyuntural. Su posición ambigua y contradictoria frente a la reforma, su capacidad de condicionar votos y su distancia en momentos clave muestran algo más que diferencias técnicas: evidencian una alianza que ya no opera con cohesión automática.
Esto obliga a mirar hacia dentro. Porque cuando un aliado se vuelve factor de incertidumbre, hay dos posibilidades: o falta conducción política efectiva, o existen equilibrios internos que permiten —o incluso propician— esa dispersión.
En ese contexto, el papel de figuras como Ricardo Monreal no puede ignorarse. No por una cuestión personal, sino por lo que representan: una forma de hacer política basada en la negociación constante, la protección de intereses de su grupo y la construcción de poder propio.
Esa lógica que quizá fue útil en momentos clave, también ha generado tensiones visibles, votaciones inciertas y la percepción de que el proyecto no siempre avanza con una sola dirección.
Hay un antecedente que no se ha terminado de procesar, porque no es la primera vez que la falta de cohesión tiene costos. La pérdida de alcaldías estratégicas en la Ciudad de México dejó una lección incómoda: cuando la coordinación interna falla, el adversario no necesita hacer demasiado. El resultado es que la derecha logró alcaldías que sin la permisividad de Monreal no hubiera logrado.
No hay pruebas concluyentes de sabotaje interno, pero sí un patrón que no puede ignorarse:
la fragmentación, incluso cuando es parcial o silenciosa, termina debilitando al proyecto completo. Y cuando ese patrón se repite —aunque sea bajo distintas formas— deja de ser un accidente.
Lo que realmente está en juego
Reducir todo esto a una disputa entre partidos sería un error de diagnóstico, porque la preocupación que empieza a emerger no es únicamente política sino más profunda: si el proyecto que canalizó una demanda histórica de justicia está empezando a comportarse como aquello que prometió superar.
Ahí está la tensión de fondo. La 4T encarna una expectativa social que va más allá de cualquier estructura partidista, pero al mismo tiempo, se sostiene con instrumentos políticos —alianzas, operadores, negociaciones— que pertenecen al mismo sistema que buscaba transformar.
Esa contradicción se expresa en decisiones concretas: por un lado los aliados negocian cuotas de poder, luego las corrientes internas caminan con agendas propias y finalmente las reformas se diluyen para poder avanzar.
La dispersión del PT y la ambigüedad de los monrealistas no es necesariamente una traición, sino una muestra de su ADN se expresa en una fricción constante entre la promesa de cambio y la práctica política cotidiana.
La pregunta que Morena no puede evitar
Morena enfrenta hoy un dilema que va más allá de la coyuntura legislativa: ¿podrá sostener un proyecto de transformación profunda cuando depende de actores —internos como Monreal y externos como el PT y el PV— que operan bajo lógicas antiguas y tradicionales?
No se trata de romper alianzas por impulso, ni de caer en purismos que debiliten la viabilidad política. Pero tampoco se trata de ignorar que ciertas dinámicas antiguas y tradicionales terminan por redefinir el rumbo del proyecto.
No estamos frente a una fractura del país, sino en una disputa por la conducción del cambio
La discusión actual tampoco debe confundirse con una supuesta fractura del país, pues no estamos ante una sociedad dividida en dos mitades irreconciliables, como con frecuencia se sugiere desde ciertos sectores de derecha. Lo que está en juego es otra cosa: la estrategia política para hacer viable un proyecto de transformación que, en lo esencial, cuenta con una base social muy amplia.
La tensión no es entre México y México. Es entre distintas formas de conducir políticamente un mismo proceso de cambio, porque si algo ha demostrado la 4T, es que el país no estaba roto: estaba acumulando una demanda de justicia.
Por eso el reto ahora no es unir lo que nunca estuvo verdaderamente separado, sino conducir con claridad, firmeza y coherencia el proceso que esa demanda puso en marcha.
La transformación que no puede diluirse
La Cuarta Transformación no se explica únicamente en el Congreso ni en las negociaciones entre partidos. Se explica en una historia larga de inconformidad social que encontró cauce político.
Por eso, su mayor riesgo no está solo en perder votos o aliados. El PT o incluso el PV pueden romper con la alianza, y solo se perderá tiempo para consolidar el proyecto de transformación. Con el tiempo cada partido y cada político se colocará en su justo lugar. El verdadero riesgo es perder la coherencia con ese sentimiento que la hizo posible, porque cuando un proyecto nace de una exigencia histórica de justicia, no basta con gobernar, tiene que demostrar —todos los días— que sigue siendo distinto.










