
El Papa Francisco no cambió las creencias básicas de la Iglesia, pero sí cambió lo prioritario. Habló más de los pobres, de los migrantes, de los que sufren. Habló más de perdón que de castigo. Habló más de acompañar que de vigilar. Contrario a lo que muchos afirman lo que hizo Francisco no fue cambiar la manera de practicar la fe, sólo puso al frente lo más urgente de atender.
Para muchos católicos, ese cambio fue una buena noticia: por fin una Iglesia más cercana a la gente. Para otros, fue una mala señal: sintieron que lo que ellos cuidaban —la liturgia, las normas, la Iglesia como vigilante— ya no estaba en el centro de atención. Los tradicionalistas católicos veían al Papa Francisco más como un sociólogo que como la cabeza de la Iglesia tal como la conocían.
Así se fue formando una tensión que todavía no se ha resuelto. No es solo una discusión de ideas. Es una discusión de sentimientos: unos se sintieron escuchados por primera vez; otros se sintieron dejados de lado.
Ahora llega el Papa León XIV a una Iglesia que todavía está dividida por esa experiencia, pero no llega para empezar de cero. Llega a una casa donde algunos quieren seguir moviendo las cosas como Francisco las movió, y otros quieren regresarlas a como estaban antes de él.
Hasta ahora, León XIV ha sido cuidadoso. No ha dicho con toda claridad cuál será su línea pastoral. Da señales, hace gestos, habla de algunos temas, pero todavía no traza una ruta completa.
Eso hace que cada grupo lo mire con sus propios lentes: unos creen que será parecido a Francisco; otros creen que será más parecido a los Papas anteriores. Ese es su primer problema: si él no dice con claridad hacia dónde va, otros lo dirán por él.
Pero decirlo no es fácil, porque si se parece mucho a Francisco, muchos dirán que no cambió nada. Si se distancia de él, otros dirán que está corrigiendo el rumbo erróneo o negando a Francisco. Si intenta quedar en medio, dirán que no se decide. Y si tarda demasiado en hablar con claridad, dirán que se esconde.
No hay salida cómoda. El fondo del problema no es León XIV. El problema es que Francisco dejó una pregunta abierta: ¿puede la Iglesia cambiar de prioridades sin perder su identidad? ¿Puede poner primero de los pobres en su línea pastoral sin descuidar la doctrina? ¿Puede la Iglesia abrirse sin perder firmeza?
Francisco pensó que sí y muchos lo siguieron, sin embargo muchos otros no se sintieron seguros con ese camino.
Ahora León XIV tiene que hacer algo más difícil que agradar: tiene que explicar qué entiende él por ser fiel. Ser fiel no es solo repetir lo que decían los anteriores pontífices, pero tampoco es decir sí a todo.
Ser fiel es saber qué cosas no se pueden perder, como el Evangelio, Jesús como centro, el amor al prójimo, la dignidad de toda persona y la esperanza de salvación. Pero ser fiel es también saber que cosas sí se puedan mover, como las formas de celebrar, los modos de hablar, los estilos de autoridad, las costumbres pastorales y las prioridades visibles en cada tiempo.
Si León XIV no logra decir eso con palabras claras, su pontificado no será recordado por lo que él quiso hacer, sino por lo que cada grupo quiso ver en él.
Después de Francisco, no basta con hablar bonito de unidad. Hay que decidir qué sigue. Es. Edad que las decisiones siempre molestarán a alguien, pero no decidir deja a todos perdidos.
León XIV tiene ese reto: decir hacia dónde va la Iglesia y a quién poner primero en la fila: a la doctrina, la liturgia y la institucionalidad, o a los pobres, los marginados, los descartados. Deberá decidir qué está dispuesta la Iglesia a cambiar sin dejar de ser lo que es. Si lo logra, no evitará las críticas, pero dará algo que hoy falta: rumbo.
Mientras León XIV ni defina el rumbo que tomará la Iglesia, las redes sociales seguirán siendo el lugar donde católicos discuten con católicos y la división en la Iglesia seguirá siendo lo más visible.










