Las pruebas genéticas confirmaron lo que durante siglos fue un misterio: el ahuehuete más famoso de México no es la unión de varios troncos, sino un solo ser vivo monumental.
En el corazón de Santa María del Tule, Oaxaca, crece un gigante silencioso que ha sido testigo de la historia prehispánica, colonial y moderna de México. Se trata del Árbol del Tule, un ahuehuete (Taxodium mucronatum) de proporciones colosales y presencia casi mística.
Durante generaciones, los visitantes se preguntaron si semejante tronco —con una m circunferencia de más de 42 metros y un peso estimado de más de 600 toneladas— podía pertenecer a un solo árbol.
La ciencia resolvió el enigma: pruebas de ADN realizadas por especialistas demostraron que el Tule es genéticamente uniforme. Es decir, no se trata de la fusión de varios árboles, sino de un único organismo vivo, quizá el más ancho del planeta.
Un anciano que respira historia
Se calcula que el Árbol del Tule tiene entre 1,400 y 2,000 años de edad, aunque algunas estimaciones lo acercan a los 3,000.
Sus raíces se nutren de los manantiales subterráneos que cruzan el valle de Oaxaca, y su copa ofrece sombra a decenas de visitantes cada día. Frente a él se levanta la iglesia de Santa María de la Asunción, como si la arquitectura humana buscara dialogar con la naturaleza milenaria.
Para los antiguos zapotecas, el ahuehuete fue sagrado: según una leyenda, fue plantado por el sacerdote Pechocha en honor al dios del viento, Ehecatl. Otra tradición cuenta que el rey Condoy clavó su bastón en la tierra y que de él brotó el Tule, símbolo de fuerza y protección.
Hoy, los guías locales invitan a buscar en su tronco las figuras que el tiempo ha esculpido: un elefante, un león, un cocodrilo, o incluso un “viejo sabio” que parece vigilar al pueblo.
Ciencia y leyenda bajo una misma sombra
El hallazgo genético que confirmó su unidad no le quitó misterio, sino que lo volvió aún más asombroso. Que un solo árbol haya alcanzado tal dimensión lo convierte en una joya botánica única en el mundo.
Pero también plantea un desafío: ¿cómo lograr que un organismo tan antiguo sobreviva en un entorno moderno donde el suelo se compacta, el aire se contamina y el agua subterránea escasea?
Durante décadas, investigadores y pobladores han trabajado juntos para mantenerlo con vida. Se han instalado barreras para proteger sus raíces, regulado el tránsito cercano y monitoreado su salud.
Aun así, su conservación sigue siendo frágil. Como dice un lugareño: “Si el Tule hablara, pediría menos turistas distraídos y más manos que cuiden la tierra.”
Un tesoro natural que une al pueblo
Visitar Santa María del Tule no es solo tomarse una foto ante un récord natural. Es entrar en diálogo con el tiempo, con la cosmovisión indígena que veía en los árboles una expresión de la divinidad, y con la ciencia moderna que busca comprender sus secretos.
Por eso, cada visitante tiene una pequeña responsabilidad: contemplar sin dañar, maravillarse sin invadir, respetar sin dejar huella.
El Árbol del Tule sigue ahí, sereno, gigantesco, recordándonos que la vida —cuando se cuida— puede ser más fuerte que los siglos.
Una maravilla viva de más de mil años, símbolo zapoteca y testimonio de la historia de Oaxaca, el Árbol del Tule es un llamado a reconciliarnos con la naturaleza.











