
Medios estatales iraníes hablan de decenas de menores fallecidos; agencias internacionales han difundido el reporte. La magnitud exacta de las víctimas está en proceso de validación.
Un ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel contra objetivos en territorio de Irán ha abierto un nuevo capítulo de tensión en Medio Oriente y ha encendido las alarmas internacionales ante el riesgo de una escalada regional.
Diversos reportes de agencias internacionales confirman explosiones en instalaciones estratégicas iraníes y movimientos militares posteriores en la región. Irán ha anunciado represalias, mientras la comunidad internacional —incluida la Organización de las Naciones Unidas— analiza convocatorias urgentes ante la posibilidad de que el conflicto se amplíe.
Hasta el momento, la información disponible señala que la operación fue presentada como una acción “preventiva” ante lo que Washington y Tel Aviv describen como amenazas estratégicas. Sin embargo, más allá de las justificaciones oficiales, el hecho ineludible es que estamos ante un nuevo episodio de violencia directa entre Estados, con consecuencias humanas aún en desarrollo.
Más allá del discurso: las vidas que no regresan
Las guerras son pérdidas de vidas. Cada ataque implica víctimas directas e indirectas: militares, civiles, trabajadores, familias que nada decidieron y que, sin embargo, cargan con las consecuencias. La muerte no distingue pasaportes ni argumentos de seguridad nacional. No pregunta si el misil fue “estratégico” ni si la operación fue “quirúrgica”.
Cuando la política fracasa, la guerra ocupa su lugar. El problema es que la política internacional de Estados Unidos e Israel no tiene el propósito de proteger vidas humanas, sino de ganar corredores de trasiego militar, posesión de combustibles fósiles y riquezas minerales.
Según medios estatales iraníes, autoridades sostienen que un ataque en una escuela habría causado decenas de víctimas infantiles; esa información ha sido compartida por agencias globales como The Washington Post y otros medios, aunque no existe verificación independiente de esas cifras aún.
La política en cuestión no busca el derecho internacional sino ser el único que puede armarse y asesinar porque eso da poder. Y cuando la guerra desplaza la negociación política, la vida humana se convierte en una simple variable de cálculo estratégico.
El viejo dilema del poder
Desde hace décadas, Estados Unidos ha ejercido un papel predominante en la arquitectura de seguridad global. No por mandato universal explícito, sino por acumulación histórica de poder militar, económico y diplomático.
Ese rol ha sido aceptado por aliados, cuestionado por adversarios y discutido por la opinión pública internacional. Lo cierto es que ninguna nación recibió formalmente el título de “policía del mundo”. Ese lugar se ha ejercido más por capacidad que por consenso moral.
En este nuevo episodio, Washington sostiene que actúa para neutralizar amenazas estratégicas, pero en realidad busca el dominio del mundo. Israel, por su parte, dice defender su seguridad frente a riesgos existenciales cuando en realidad busca la hegemonía en Medio Oriente.
Pero cuando el fuego aparece, las narrativas se vuelven secundarias frente a las consecuencias.
Ironías de nuestro tiempo
La historia tiene momentos que parecen escritos con paradojas. Israel se reconoce a sí mismo como el “pueblo elegido de Dios”, una identidad profundamente arraigada en su tradición histórica y religiosa. Al mismo tiempo, se encuentra nuevamente involucrado en una acción militar que promete ampliar un conflicto regional ya saturado de dolor.
Por su parte, el presidente Donald Trump ha reiterado en distintos momentos su aspiración a ser reconocido con el Premio Nobel de la Paz. Hoy, su administración aparece como protagonista de una ofensiva que puede marcar el inicio de un ciclo de mayor confrontación internacional.
La pregunta que se impone
Las potencias podrán hablar de equilibrio estratégico, contención nuclear o seguridad regional. Los gobiernos atacados responden con advertencias. Pero hay una pregunta que en ninguna rueda de prensa se responde: ¿Por qué, en pleno siglo XXI, seguimos resolviendo disputas humanas con fuego que asesina?
La guerra podrá explicarse desde la lógica del poder. Lo que no puede es justificarse desde la dignidad humana.
Cada vida perdida es un fracaso colectivo de la política internacional. Cada bomba que destruye escuelas, hospitales, carreteras, puentes, es un ataque a los derechos humanos. No atacan al adversario solamente, no destruyen al rival ideológico. Destruyen el sistema completo que permite la vida humana en sociedad.
El conflicto aún está en desarrollo
Las próximas horas y días serán decisivos para determinar si el intercambio se contiene o si deriva en una confrontación de mayor escala. Mientras tanto, el mundo observa.
Y observa no solo movimientos militares, sino algo más profundo: la persistencia de una humanidad que, pese a avances tecnológicos y diplomáticos, sigue demostrando que sabe construir armas con mayor rapidez que acuerdos de paz.










