
Las palabras del monarca español, pronunciadas en Madrid, reabren una discusión de fondo: cómo nombrar con honestidad el proceso que transformó radicalmente el destino de los pueblos originarios.
El pasado 16 de marzo de 2026, durante una visita al Museo Arqueológico Nacional de Madrid, el rey de los españoles, Felipe VI, pronunció unas palabras que rápidamente resonaron a ambos lados del Atlántico. El monarca acudió a recorrer la exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena”, una muestra que reúne cerca de 250 piezas prehispánicas procedentes de México y que busca destacar el papel de las mujeres en las civilizaciones mesoamericanas.
Al término de la visita, en un video difundido por la propia Casa Real, el rey reflexionó sobre el pasado compartido entre Europa y América. En ese contexto reconoció que, durante el proceso de conquista y dominación colonial, existieron “abusos” y “controversias morales y éticas” en el ejercicio del poder. También señaló que hay hechos de aquel periodo que, vistos desde los valores actuales, “no pueden hacernos sentir orgullosos”.
No es una frase menor. Durante siglos, las instituciones políticas españolas han evitado referirse de manera explícita a los excesos cometidos durante la expansión imperial en América. En ese sentido, el reconocimiento del monarca puede interpretarse como un gesto que intenta abrir un espacio de reflexión histórica.
Pero también es cierto que las palabras utilizadas resultan extraordinariamente suaves para nombrar lo que, desde la perspectiva de los pueblos de este continente, fue una de las grandes tragedias de la historia.
Reducir la conquista de América a “abusos” o a “controversias morales” es una forma extremadamente limitada de describir un proceso que significó el colapso de civilizaciones enteras, la muerte de millones de personas, la destrucción de sistemas culturales complejos y la imposición de un orden económico y político diseñado para beneficiar a una potencia imperial lejana.
Para los pueblos originarios de América, la llegada de los conquistadores europeos no fue un simple encuentro de culturas ni un episodio ambiguo de la historia universal. Fue una catástrofe humana, cultural y económica de enormes proporciones.
Los imperios mesoamericanos —con todas sus contradicciones y conflictos internos— poseían estructuras políticas, sistemas religiosos, tradiciones artísticas y conocimientos científicos que habían madurado durante siglos. La conquista desmanteló buena parte de ese mundo en un periodo relativamente breve, sustituyéndolo por una organización colonial que reorganizó la tierra, el trabajo y el poder en función de intereses externos.
Nada de eso puede comprenderse plenamente si se le reduce a la categoría de “abusos”.
Durante mucho tiempo, la narrativa oficial del mundo hispánico habló de “encuentro de dos mundos”, de “evangelización” o de “mestizaje”. Y es verdad que la historia posterior de América Latina dio origen a una civilización nueva, compleja y profundamente mestiza. México mismo es hoy resultado de esa mezcla cultural que marcó el nacimiento de una sociedad distinta a la que existía antes del siglo XVI.
Pero reconocer la riqueza de la cultura mestiza no puede significar borrar la violencia que la precedió.
Los pueblos que aspiran a la madurez histórica no necesitan ocultar sus heridas. Por el contrario, la memoria crítica es una forma de dignidad. Nombrar las injusticias del pasado no implica cultivar el resentimiento, sino comprender con honestidad cómo se construyeron las sociedades que hoy habitamos.
Por eso resulta preocupante que todavía existan sectores políticos y culturales que intenten presentar la conquista de América como una empresa gloriosa o como una supuesta misión civilizatoria. Esa visión no solo ignora el sufrimiento de los pueblos originarios; también revela una lectura profundamente parcial de la historia.
Que del despojo haya nacido otra sociedad no vuelve justo el despojo. Pensar así equivale a aceptar una vieja arrogancia colonial: la idea de que los pueblos originarios necesitaban ser transformados desde fuera para alcanzar una forma superior de civilización. Y eso no puede sostenerse con seriedad.
Nadie puede afirmar que las civilizaciones de América no habrían desarrollado por sí mismas nuevas instituciones, nuevas formas de pensamiento, estructuras políticas más complejas o visiones del mundo incluso más ricas que las que les fueron impuestas. La conquista no perfeccionó un destino incompleto. Lo interrumpió violentamente.
Es cierto que México no necesita construir su identidad sobre el resentimiento, pero tampoco puede aceptar lecturas complacientes de su pasado. La memoria de los pueblos originarios —que siguen siendo parte viva de nuestra nación— exige algo más que matices diplomáticos o formulaciones cuidadosamente moderadas. Exige verdad histórica.










