Infantino y el Mundial bajo sospecha

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Donald Trump y Gianni Infantino durante una reunión en la Casa Blanca; imagen utilizada para ilustrar el debate sobre la independencia de la FIFA.
Donald Trump y Gianni Infantino durante una reunión en la Casa Blanca en 2018. La imagen volvió a cobrar relevancia tras la polémica por la revisión de una sanción durante el Mundial de 2026.

El Mundial de 2026 será recordado por el esfuerzo de muchas selecciones, por la entrega de futbolistas que compitieron con entusiasmo y por aficiones que viajaron, alentaron y sostuvieron la fiesta del futbol. Pero también puede quedar marcado por algo más incómodo: la sensación de que la FIFA permitió que el torneo dejara de parecer plenamente neutral.

No se trata de afirmar que el Mundial fue arreglado. No hay elementos públicos suficientes para sostener una acusación de esa gravedad. El problema es otro: bajo la conducción de Gianni Infantino, se acumularon decisiones políticas, comerciales y deportivas que hicieron verosímil la sospecha.

El primer dato está en la propia organización. Aunque el Mundial fue presentado como una sede compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, la distribución real mostró una concentración abrumadora: Estados Unidos recibió 78 de los 104 partidos, mientras México y Canadá apenas 13 cada uno. Además, desde cuartos de final todos los encuentros se juegan en territorio estadounidense. En los hechos, el torneo terminó siendo mucho más estadounidense que trinacional.

A ello se sumó el modelo de boletaje. El Mundial, que debería ser una celebración popular, se convirtió para muchos aficionados en un espectáculo inaccesible. Los precios dinámicos, la reventa y los costos desbordados reforzaron la impresión de que la FIFA ya no organiza el futbol principalmente para los pueblos, sino para los mercados.

El trato a Irán añadió otro elemento delicado. Las restricciones de visa, la obligación de establecerse en Tijuana y las limitaciones para ingresar a Estados Unidos antes y después de sus partidos dejaron una imagen de desigualdad. Más allá de las razones de seguridad alegadas por las autoridades estadounidenses, la FIFA tenía la responsabilidad de garantizar condiciones dignas y equilibradas para todos los representativos.

Luego vino la intervención directa de Donald Trump en el caso de Folarin Balogun. El presidente estadounidense reconoció haber hablado con Infantino para pedir la revisión de una sanción. Después, la FIFA dejó sin efecto el castigo. Ese episodio, por sí solo, fue suficiente para dañar la credibilidad institucional del torneo. Si una sanción deportiva puede modificarse después de una llamada del mandatario del país anfitrión, la independencia de la FIFA queda inevitablemente cuestionada.

En ese contexto, las decisiones arbitrales polémicas que favorecieron a Argentina tampoco pueden quedar fuera del análisis. No sabemos si fueron simples errores humanos, interpretaciones discutibles o algo más. Pero sí sabemos que se insertaron de inmediato en el imaginario de la afición como parte de una misma sospecha. Cuando la autoridad ya perdió confianza, cada decisión dudosa deja de verse como un hecho aislado y empieza a leerse como síntoma de un problema mayor.

Ese es el punto central: no afirmar manipulación, sino reconocer que la FIFA permitió que la sospecha se volviera creíble para millones de aficionados.

El futbol resiste por sus jugadores, por sus selecciones y por sus hinchadas. Pero la institución que debía protegerlo terminó exponiéndolo a la lógica del poder político, del mercado y del espectáculo. Y esa responsabilidad no puede diluirse en comités, protocolos o comunicados.

El rostro institucional de esta crisis es Gianni Infantino.

Bajo su presidencia, la FIFA organizó un Mundial expandido, rentable y global, pero también un torneo atravesado por desequilibrios, precios excluyentes, trato desigual y decisiones que comprometieron la percepción de imparcialidad. El problema no es que el futbol haya dejado de emocionar. El problema es que la FIFA parece cada vez menos interesada en custodiar su espíritu.

Por eso, si este Mundial queda manchado, no será por los equipos que jugaron con entrega ni por las aficiones que lo vivieron con pasión. Será por una dirigencia que convirtió la fiesta del futbol en un escaparate de poder. Y esa mancha, inevitablemente, cae sobre Infantino.

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