
La propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de abrir un debate nacional sobre la inteligencia artificial merece ser bienvenida. Se trata de una discusión que México ya no puede posponer. La inteligencia artificial dejó de ser una promesa del futuro para convertirse en una herramienta que hoy influye en la educación, la investigación científica, la medicina, la economía, los medios de comunicación y la vida cotidiana de millones de personas.
Este debate debe comenzar por distinguir dos asuntos que con frecuencia se confunden. El primero es la inteligencia artificial como herramienta. El segundo es el uso que las personas hacen de ella.
La inteligencia artificial, por sí misma, no constituye un delito ni genera automáticamente una nueva categoría de delitos. Por ejemplo, la extorsión continúa siendo extorsión, aunque hoy pueda realizarse mediante una voz clonada. El fraude sigue siendo fraude, aunque se apoye en documentos o imágenes generadas artificialmente. La suplantación de identidad no deja de serlo porque ahora pueda lograrse mediante un video prácticamente indistinguible de la realidad.
Las conductas ilícitas siguen siendo las mismas. Lo que ha cambiado son los medios para cometerlas. Sin embargo, de esa afirmación no se desprende que la inteligencia artificial deba quedar al margen de toda regulación.
Nuestra postura es justamente la contraria. Creemos que México sí necesita una regulación legislativa sobre las plataformas de inteligencia artificial de uso general. No para controlar las ideas, limitar la investigación científica o frenar la innovación tecnológica, sino para establecer estándares mínimos de seguridad que protejan a la sociedad.
En muchos ámbitos de la vida aceptamos este principio con absoluta naturalidad. La ley obliga a los fabricantes de automóviles a incorporar sistemas de seguridad. Exige controles a los medicamentos antes de salir al mercado. Establece normas para la construcción de edificios, para los alimentos y para innumerables productos cuyo uso puede afectar a terceros. No dejamos esos temas únicamente a la buena voluntad de los fabricantes.
¿Por qué habría de ser diferente con una tecnología que tiene la capacidad de llegar, en cuestión de segundos, a millones de personas?
Consideramos razonable que una plataforma de inteligencia artificial abierta al público incorpore salvaguardas obligatorias que impidan o dificulten usos claramente orientados a causar daño.
La IA no debería facilitar instrucciones para fabricar explosivos o armas improvisadas, promover la autolesión o el suicidio, ayudar a planear delitos violentos, generar contenidos destinados a la explotación sexual o producir imágenes, audios y videos falsos de personas reales que puedan engañar deliberadamente a la sociedad o afectar la dignidad y los derechos de terceros.
No estamos hablando de censura.
Estamos hablando de seguridad.
Así como esperamos que un automóvil salga de fábrica con frenos, también es legítimo esperar que una herramienta de inteligencia artificial de uso masivo incorpore mecanismos razonables para evitar que sea utilizada, desde su propio diseño, para causar daños previsibles.
Naturalmente, esa regulación deberá ser cuidadosa. No es lo mismo una plataforma abierta a cualquier usuario que herramientas especializadas utilizadas por investigadores, instituciones académicas, cuerpos de seguridad o profesionales que trabajan bajo responsabilidades y controles específicos. La ley deberá distinguir esos escenarios con claridad.
Hay otra reflexión que este debate nos obliga a hacer. Con frecuencia se afirma que utilizar inteligencia artificial disminuye el mérito del trabajo intelectual. Desde nuestra perspectiva, ocurre exactamente lo contrario. Las herramientas nunca han reducido el valor de una profesión.
Nadie cuestiona la capacidad de un médico porque utilice equipos de diagnóstico de última generación. Nadie pone en duda el talento de un arquitecto porque diseñe una estructura con programas capaces de simular sismos. Nadie espera que un ingeniero renuncie a la mejor tecnología disponible para demostrar su conocimiento.
La inteligencia artificial pertenece a esa misma lógica. Su utilización no resta mérito al periodista, al investigador, al docente o al profesionista. Lo que verdaderamente distingue un trabajo serio es el criterio con el que se utiliza esa herramienta y la responsabilidad con la que quien la emplea responde por sus resultados.
Una inteligencia artificial puede ayudar a organizar información, encontrar antecedentes o mejorar una redacción, pero nunca podrá asumir la responsabilidad de una investigación, de un diagnóstico, de una sentencia, de una tesis o de un artículo periodístico. Esa responsabilidad seguirá perteneciendo siempre al ser humano.
Por eso creemos que el debate no debe reducirse a decidir si estamos a favor o en contra de la inteligencia artificial. La verdadera discusión consiste en definir cómo aprovechamos una tecnología extraordinaria sin poner en riesgo la confianza pública, la dignidad de las personas ni la seguridad de la sociedad.
En Tejido Social respaldamos decididamente el desarrollo científico y tecnológico de México. Creemos que la inteligencia artificial representa una oportunidad histórica para fortalecer la educación, la productividad, la investigación y la competitividad del país.
Precisamente por ello, consideramos que su crecimiento debe ir acompañado de reglas claras. No porque desconfiemos de la tecnología, sino porque sabemos que toda tecnología poderosa requiere responsabilidades igualmente poderosas.
Ese es, a nuestro juicio, el debate que México necesita.









