Frida Kahlo: la mujer detrás del personaje que todos conocemos

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Ilustración a lápiz de Frida Kahlo, con flores en el cabello y elementos vegetales, acompañada de su nombre.
Frida Kahlo convirtió su propia vida, su cuerpo y sus heridas en materia artística. Detrás de la imagen convertida hoy en símbolo universal hubo una mujer marcada por el dolor, la política, la identidad mexicana y una manera profundamente personal de entender la pintura.

Su rostro está en camisetas, tazas, bolsas, murales y carteles alrededor del mundo. Las flores, las cejas unidas y los vestidos mexicanos hicieron de Frida Kahlo una imagen universal. Pero detrás de ese personaje convertido en símbolo hubo una mujer mucho más compleja: estudiante interesada en la medicina, militante comunista, esposa de Diego Rivera, paciente sometida a numerosas operaciones y, sobre todo, una artista que convirtió su propio cuerpo y su propia vida en materia para pintar.

Es difícil encontrar a alguien que no reconozca a Frida Kahlo. Incluso quien nunca ha visitado un museo y no podría mencionar el título de uno solo de sus cuadros probablemente sí reconoce su rostro: las cejas pobladas y unidas, el cabello recogido, las flores sobre la cabeza, los vestidos tradicionales mexicanos.

Frida se convirtió en una imagen, y quizá precisamente ahí comienza el problema: conocemos tanto su imagen que podemos tener la impresión de conocer también a la persona. Pero ¿quién fue realmente Frida Kahlo?

El accidente que cambió el rumbo

Su vida, sin embargo, tomó otro camino el 17 de septiembre de 1925. Frida tenía 18 años y regresaba de la escuela cuando el autobús en el que viajaba chocó con un tranvía. El impacto fue devastador: sufrió fracturas en la columna vertebral, la pelvis, una pierna y un pie, y una barra metálica atravesó su cuerpo por la zona pélvica.

Sobrevivió, pero el accidente no terminó aquel día. Sus consecuencias la acompañarían durante el resto de su vida: operaciones, corsés ortopédicos, temporadas de inmovilidad, hospitalizaciones y un dolor que aparecía, desaparecía y volvía. Décadas después, su deterioro físico llegaría hasta la amputación de parte de la pierna derecha.

Pero a los 18 años la primera consecuencia fue todavía más inmediata: la vida que Frida había comenzado a imaginar quedó interrumpida. La joven interesada en las ciencias y en estudiar medicina tuvo que pasar largos periodos inmovilizada. Durante su recuperación, su familia adaptó un caballete para que pudiera pintar acostada y colocó un espejo cerca de su cama.

Frida comenzó entonces a pintar con mayor intensidad, y frente a ella estaba el modelo que terminaría acompañándola durante toda su obra: ella misma.

El accidente no explica por sí solo a Frida Kahlo. Su personalidad, sus relaciones, sus convicciones políticas, el México que le tocó vivir y su extraordinaria sensibilidad artística son igualmente necesarios para comprenderla.

Pero desde aquel día ocurrió algo que ya nunca desaparecería por completo de su vida ni de su pintura: Frida tuvo que aprender a vivir dentro de un cuerpo que había sido quebrado.

Pintarse para comprenderse

Frida Kahlo produjo una obra relativamente pequeña comparada con la de otros grandes artistas, una parte importante está formada por autorretratos, pero sería demasiado sencillo concluir que Frida estaba obsesionada con su propia imagen.

En realidad, utilizó su rostro y especialmente su cuerpo como un lenguaje. Pintó aquello que difícilmente podía explicarse solamente con palabras: dolor, enfermedad, pérdida, maternidad frustrada, identidad, sexualidad, amor, abandono, muerte y soledad.

En La columna rota, de 1944, su torso aparece abierto. En lugar de columna vertebral vemos una columna arquitectónica quebrada. Un corsé mantiene unido el cuerpo mientras numerosos clavos penetran la piel.

No necesitamos conocer teoría del arte para comprender lo esencial de la imagen. Frida parece decirnos: así se siente vivir dentro de este cuerpo.

Algo parecido ocurre con Las dos Fridas, una de sus obras más conocidas. Dos versiones de la artista aparecen sentadas una junto a otra, tomadas de la mano, con los corazones expuestos y conectados.

En su obra la anatomía deja de ser solamente anatomía, se convierte en autobiografía. Esa capacidad explica buena parte de la fuerza que conserva su pintura: Frida utilizó acontecimientos profundamente personales para representar experiencias que otras personas también podían reconocer.

No necesitamos haber sufrido su accidente para comprender el dolor. No necesitamos haber vivido su matrimonio para comprender el abandono. No necesitamos haber habitado su cuerpo para entender lo que significa sentirse vulnerable dentro del propio cuerpo.

Diego Rivera: amor, admiración y tormento

En la vida de Frida resulta imposible ignorar a Diego Rivera. Cuando ella comenzó a relacionarse con él, Rivera ya era uno de los grandes artistas mexicanos. Era 21 años mayor que Frida y formaba parte del extraordinario movimiento muralista surgido después de la Revolución mexicana.

Se casaron en 1929. La relación fue apasionada, creativa y también profundamente conflictiva.

Hubo infidelidades de ambos, separaciones, reconciliaciones, dependencia emocional, admiración artística. Frida sufrió especialmente cuando Rivera mantuvo una relación con Cristina Kahlo, hermana de ella.

La pareja se divorció en 1939. Y volvió a casarse en 1940. Frida y Diego parecen casi inseparables cuando contamos sus biografías, pero artísticamente representan dos maneras muy diferentes de mirar.

Rivera llevó a los grandes muros la historia mexicana, los trabajadores, campesinos, indígenas, fábricas, revoluciones, luchas sociales y conflictos políticos.

Por su parte Frida realizó un viaje en otra dirección. Si Diego pintaba muchas veces a México hacia afuera, Frida pintaba hacia adentro. El cuerpo, la identidad, el sufrimiento, el amor y la intimidad se convirtieron en su territorio.

Una mujer profundamente política

Hay otra Frida que la iconografía comercial suele dejar en segundo plano. Frida Kahlo era de pensamiento comunista. No simplemente una artista progresista a quien décadas después se atribuyeron posiciones políticas. Militó en el Partido Comunista Mexicano y participó activamente del ambiente político e intelectual de izquierda de su época.

Su relación con Diego Rivera estuvo también inmersa en ese mundo. Uno de los episodios más extraordinarios ocurrió cuando el revolucionario ruso León Trotski obtuvo asilo político en México en 1937. Trotski y su esposa, Natalia Sedova, se alojaron durante un tiempo en la Casa Azul de Coyoacán. Frida mantuvo incluso una breve relación sentimental con Trotski.

Pero su compromiso político iba acompañado de otra preocupación característica del México posterior a la revolución: la construcción de una identidad nacional. Por eso sus vestidos de tehuana, los objetos prehispánicos, las artesanías, la vegetación, los animales y numerosos elementos de la cultura popular mexicana que aparecen alrededor de ella no pueden entenderse simplemente como decoración.

Frida también construyó deliberadamente su propia imagen. Su manera de vestir era estética, pero también identidad y afirmación cultural. En un país que durante décadas había mirado hacia Europa como modelo de refinamiento, aquella generación reivindicaba lo indígena, lo mestizo, lo popular y lo mexicano.

¿Era surrealista?

Cuando el escritor francés André Breton conoció la obra de Frida encontró en ella características que identificó con el surrealismo, y no resulta difícil entender por qué. Corazones fuera del cuerpo, anatomías abiertas, raíces que nacen de las personas, figuras duplicadas, animales, sangre y paisajes extraños podrían parecer imágenes surgidas de los sueños.

Pero Frida no aceptaba fácilmente esa clasificación para ella aquello no era simplemente fantasía. Era su realidad. Y esa diferencia resulta fundamental para comprenderla. Cuando Frida representaba su columna vertebral como una estructura arquitectónica destruida, en realidad intentaba encontrar una manera de representarla.

Lo extraordinario de su pintura consiste precisamente en hacer visible aquello que normalmente permanece invisible. ¿Cómo se pinta el dolor? ¿Cómo se pinta una pérdida? ¿Cómo se pinta sentirse dividido? ¿Cómo se pinta la imposibilidad de tener el cuerpo que uno quisiera tener? Frida encontró sus propias respuestas.

La Frida que conocemos nació después de Frida

Existe además una paradoja histórica. La enorme celebridad mundial de Frida Kahlo es posterior a su muerte.

Durante su vida fue reconocida. Expuso en Nueva York y París, se relacionó con importantes artistas e intelectuales y el Museo del Louvre adquirió una de sus pinturas, pero durante buena parte de aquellos años Diego Rivera era la gran figura internacional de la pareja. En vida, Frida era la pareja de Diego RIvera.

Frida murió el 13 de julio de 1954, a los 47 años, y no fue sino hasta décadas después que comenzó una transformación extraordinaria. La historia del arte empezó a recuperar a numerosas mujeres artistas que habían permanecido en segundo plano. 

El movimiento feminista encontró en Frida una figura particularmente poderosa. Creció internacionalmente el interés por el arte mexicano y latinoamericano. Los estudios sobre identidad, cuerpo, género y cultura encontraron nuevas posibilidades de interpretación en su obra. Así, poco a poco, Frida dejó de ser solamente una pintora mexicana y se fue convirtiendo en símbolo.

Después vino el mercado. Su rostro apareció en camisetas, bolsas, tazas, agendas, muñecas, joyería, carteles, restaurantes y toda clase de objetos. Una de las artistas que utilizó su obra para hablar de dolor, enfermedad, frustración y muerte terminó convertida en una de las imágenes comerciales más reconocibles del mundo.

La paradoja es formidable: Frida terminó siendo mucho más famosa que sus propias pinturas.

Detrás de las flores y las cejas

Por eso quizá valga la pena hacer un pequeño ejercicio. Retirar mentalmente las flores. Olvidar por un momento las cejas. Apartar las camisetas, los souvenirs, las frases atribuidas a ella en internet y la imagen colorida que la cultura popular construyó.

Lo que queda es una mujer bastante más interesante. Una joven que quiso estudiar. Una mujer cuyo cuerpo quedó marcado a los 18 años por un accidente devastador. Una paciente que pasó innumerables temporadas entre médicos, hospitales, corsés y operaciones. Una militante que participó de las grandes discusiones políticas de su tiempo. Una mexicana que hizo de su manera de vestir una afirmación de identidad. Una mujer que amó intensamente y sufrió también intensamente.

También queda es una pintora que descubrió algo extraordinario: que podía utilizarse a sí misma para hablar de los demás, porque el gran tema de Frida Kahlo fue Frida Kahlo, pero en su caso eso no significa narcisismo ni egocentrismo. Su cuerpo y su propia historia eran el territorio que tenía más cerca para explorar preguntas que no pertenecían solamente a ella.

¿Quién soy? ¿Qué hacemos con el sufrimiento? ¿Qué ocurre cuando nuestro cuerpo no responde como quisiéramos? ¿Cómo seguimos amando después de ser heridos? ¿Cómo enfrentamos una pérdida? ¿Cómo reconstruimos nuestra identidad cuando la vida que imaginábamos ya no será posible?

Ahí probablemente se encuentra la razón más profunda de que sus pinturas continúen interpelando a personas que nacieron décadas después de su muerte. Frida Kahlo murió hace más de 70 años. Su rostro, en cambio, parece estar en todas partes.

Quizá ha llegado el momento de hacer el recorrido inverso: dejar por un instante de mirar al personaje que todos reconocemos para descubrir a la mujer que todavía vale la pena conocer.

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