
Llegar a la tercera edad puede significar disponer de más tiempo para viajar, convivir con la familia, trabajar por gusto o realizar actividades que estaban pendientes. Conservar esa libertad de hacer lo que nos gusta merece cuidarla porque, conforme pasan los años, el cuerpo puede cambiar de maneras que no siempre advertimos.
Eso sucede, por ejemplo, con el equilibrio, la fuerza o la capacidad de reaccionar ante un tropiezo. Podemos sentirnos tan animados como antes pero descubrir que ahora necesitamos apoyarnos para bajar una escalera o hacer una pausa al cargar algo. Prestar atención a esas señales nos ayuda a seguir haciendo lo que disfrutamos con mayor seguridad.
A veces, sin embargo, la costumbre de hacer actividades pesa más que la precaución. Pensamos «siempre lo he hecho» y nos subimos a una silla para alcanzar un objeto o intentamos mover una caja pesada sin ayuda. Es comprensible porque conocemos nuestro cuerpo desde hace muchos años y confiamos en él. Pero precisamente por eso conviene preguntarnos de vez en cuando si la manera de hacer ciertas cosas sigue siendo la más adecuada.
Esto no significa que cumplir 60, 65 o 70 años nos vuelva incapaces. Cada persona envejece de manera distinta, de modo que la atención debe ponerse en cómo nos encontramos y qué necesitamos para desenvolvernos con seguridad.
Hay, además, un cambio que merece especial cuidado porque puede suceder algo importante sin que nos demos cuenta: la pérdida de resistencia de los huesos. Aunque parezcan estructuras que permanecen iguales, los huesos son tejidos vivos que se renuevan constantemente. Con los años, puede perderse más tejido óseo del que se repone y, como resultado, disminuye su resistencia.
La pérdida natural de tejido óseo no ocurre en el mismo tiempo y medida en hombres que e en mujeres. En las mujeres, esta pérdida suele acelerarse alrededor de la menopausia, habitualmente cerca de los 50 años. En cambio en los hombres suele ser más gradual, aunque el riesgo de osteoporosis aumenta especialmente después de los 70.
Estas edades son referencias generales, y no son reglas que apliquen necesariamente a todos, porque también influyen la herencia, la alimentación, la actividad física, algunas enfermedades previas y ciertos medicamentos que debilitan los huesos. Por eso no podemos saber cómo están nuestros huesos solamente por la edad o por lo fuertes que nos sentimos.
La osteoporosis, por ejemplo, puede debilitar los huesos sin causar molestias y nos nos damos cuenta de su debilidad sino hasta que ocurre una fractura. Así que la osteoporosis No es una consecuencia inevitable de envejecer, pero sí es una enfermedad que debemos detectar y atender. Cuando existe fragilidad ósea, una simple caída desde la propia altura puede provocar una fractura de cadera, muñeca o columna, con consecuencias importantes para la vida cotidiana.
De ahí que valga la pena incorporar algunas precauciones sencillas. Por ejemplo, si usamos algo con frecuencia, podemos guardarlo donde sea fácil alcanzarlo. Si una carga resulta pesada, podemos repartirla o pedir ayuda. Y si necesitamos levantarnos durante la noche, contar con iluminación y tomar en cuenta que un camino despejado puede evitar un tropiezo.
También conviene conversar con el médico cuando aparecen mareos, tropiezos repetidos o inseguridad al caminar. Revisar la visión, los medicamentos y la salud ósea puede ayudar a identificar riesgos. Según las circunstancias, el médico valorará si hace falta una densitometría u otra evaluación que ayude a detectar el estado de nuestros huesos.
Al mismo tiempo, cuidarnos incluye seguir en movimiento. El ejercicio adaptado a nuestras condiciones, especialmente el que fortalece los músculos y mejora el equilibrio, ayuda a conservar la autonomía en nuestras actividades. Por eso, el temor a caernos no debe llevarnos a abandonar actividades que podemos realizar, sólo que ahora debemos conducirnos con mayor seguridad.
La familia también puede ayudar a que las actividades de todos los días sean más seguras. Para eso, conviene conversar y proponer cambios, tomando en cuenta lo que la persona necesita y prefiere. Por ejemplo, si algo está en un estante muy alto, podemos decir: “¿Qué te parece si lo ponemos más abajo para que lo tengas a la mano?”. De esa manera ofrecemos ayuda con respeto y encontramos juntos una forma de evitar accidentes.
Y si ocurre una caída, lo primero es atenderla y comprender qué sucedió. Una caída no significa necesariamente que haya habido imprudencia: puede haber un problema de salud desconocido o una condición peligrosa del entorno.
La confianza que hemos ganado con los años puede acompañarse de nuevas maneras de cuidarnos. Antes de realizar una tarea que exige esfuerzo o equilibrio, vale la pena+ detenernos un momento: quizá podamos acercar lo que necesitamos, buscar un apoyo firme o pedir una mano. Esos pequeños ajustes nos ayudan a seguir haciendo lo que disfrutamos y a conservar nuestra independencia.










