
En México, el Día de Muertos ocupa un lugar que rebasa el ámbito religioso. Las fotografías de los seres queridos que ya partieron, ya sean familiares o personas a las que se les tiene respeto, el cempasúchil, las veladoras y los alimentos colocados en una ofrenda forman parte de una celebración que reúne a las familias, lleva sus recuerdos a los espacios públicos y despierta el interés de visitantes nacionales y extranjeros.
Los mexicanos en general celebran el día de muertos como una expresión cultural que permite la convivencia y el recuerdo de seres queridos o al menos respetables, y la realidad sociocultural de los mexicanos no consiste en creer que los muertos regresan a la tierra de los vivos, sino en promover la convivencia en medio del recuerdo de los que ya partieron.
Su celebración en hogares, escuelas, iglesias, empresas e instituciones de gobierno permite reconocer una dimensión compartida: recordar a quienes murieron y mantener su historia entre quienes siguen viviendo. Un altar puede reunir las memorias de una familia, de una comunidad o de compañeros de trabajo.
Ese valor cultural cuenta con reconocimiento internacional. Por ejemplo las fiestas indígenas dedicadas a los muertos fueron incorporadas en 2008 a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. El INAH destaca que sus preparativos y celebraciones fortalecen los lazos familiares y colectivos.
La tradición tiene raíces religiosas pero se ha ido transformado mediante aportaciones indígenas, católicas, rurales y urbanas. Sólo conociendo esa mezcla podemos comprender esa historia y valorar su riqueza, porque el origen de esa práctica no determina el significado que se le da en el presente.
Hoy, como desde hace décadas, para quien coloca la fotografía de su madre, prepara el platillo favorito de su abuelo o cuenta a sus hijos quién fue una tía fallecida, la ofrenda puede ser una forma de expresar cariño y gratitud. Participar no significa creer que las almas regresan efectivamente a comer o a convivir con los vivos.
En la celebración pública sobresalen las flores, las historias, el trabajo compartido y el encuentro. Interpretar cada uno de esos gestos como una afirmación literal sobre el retorno de los difuntos atribuye a sus participantes una creencia que el gesto, por sí mismo, no representa.
Además, cuando recordamos juntos a las personas que ya partieron suceden experiencias muy interesantes. Cuando una niña pregunta quién aparece en una fotografía, se abre una conversación sobre su familia. Cuando alguien prepara una receta que heredó de su madre, recupera una parte de su historia. El recuerdo deja de ser exclusivamente individual y se convierte en algo que puede vivirse en familia.
Lo mismo ocurre fuera del hogar. Preparar una ofrenda entre vecinos, estudiantes o compañeros de trabajo ofrece una ocasión para colaborar y reconocerse en una memoria común. Ahí se expresa su capacidad para favorecer la cohesión social: una actividad compartida crea vínculos alrededor de personas, historias y costumbres.
Su proyección turística también es relevante. Para el periodo del 27 de octubre al 2 de noviembre de 2025, la Secretaría de Turismo estimó la llegada de más de 1.6 millones de turistas a hoteles del país. Era una previsión para esas fechas, no un conteo de personas que viajaban exclusivamente por la festividad, pero ilustra la dimensión turística de la temporada.
Ese interés ofrece oportunidades a quienes producen flores, elaboran artesanías, preparan alimentos y prestan servicios. También exige respeto: una visita a un cementerio o a una celebración comunitaria debe reconocer que allí hay afectos y prácticas que merecen consideración, además de imágenes atractivas.
Frente a esta riqueza, las críticas religiosas necesitan distinguir entre la libertad de abstenerse y la descalificación de quienes participan. Decir «mi fe me lleva a no celebrar» expresa una decisión personal respetable, pero concluir que por ello la tradición debería desaparecer pretende convertir una convicción particular en una descalificación de la riqueza cultural que nuestro país ha construido por muchos años.
También resulta injusto calificar una ofrenda como invocación de espíritus sin escuchar a quienes la prepararon, porque comprender una práctica requiere atender a la intención de las personas, además de conocer sus antecedentes. El respeto debe alcanzar tanto a quien participa como a quien decide mantenerse al margen.
México puede conservar esta tradición desde su diversidad de creencias. Su valor cultural permite encontrarnos alrededor de una experiencia profundamente humana: la pérdida de quienes amamos y el deseo de conservar su memoria.
Recordar juntos nos permite reconocer cuánto de nuestra vida procede de otros. En esa conversación entre generaciones, el Día de Muertos sigue dando a las familias y a la sociedad una ocasión para reunirse y fortalecer sus vínculos.










