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Entre zombis y calaveras: una tradición necesita más que adornos

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Joven disfrazado de zombi contempla una ofrenda doméstica con fotografías familiares, cempasúchil, veladoras y pan de muerto.
Entre el disfraz y la ofrenda, una escena representa la convivencia cultural y la transmisión de la memoria familiar. Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial.

En México, las semanas que rodean al Día de Muertos reúnen ofrendas, visitas a los cementerios, disfraces… calabazas y marchas de zombis. Estas dos últimas forman parte de un fenómeno internacional que en la Ciudad de México organiza un colectivo ciudadano llamado Zombie Walk México. 

En esa coincidencia de celebraciones ocurre un debate cultural que no se formula con palabras, entre Halloween y el Día de Muertos. El debate se expresa en lo que celebramos, enseñamos y transmitimos, y en aquello que dejamos de practicar.

México puede adoptar Halloween sin explicaciones, solo por imitación, en cambio la continuidad del Día de Muertos requiere transmitir su significado. Se trata de una difícil  convivencia entre ambas celebraciones, pues Halloween tiene una fuerte influencia extranjera, por eso la convivencia de ambas tradiciones no garantiza que la mexicana se conserve.

Un arraigo distinto

Halloween tiene raíces históricas fuera de México, mientras que el Día de Muertos se ha formado en nuestra historia mediante el encuentro y la transformación de prácticas indígenas y cristianas. Su carácter mexicano no depende de que cada elemento haya nacido aquí, sino del sentido que comunidades y familias han construido y transmitido. 

La ofrenda reúne recuerdos concretos: una fotografía, el alimento preferido de alguien que falleció, una historia que los mayores cuentan a los niños. La visita al cementerio puede ser una ocasión para hablar de quienes nos precedieron. En esas prácticas, los muertos conservan un lugar en la memoria de los vivos.

En cambio Halloween ofrece otra experiencia, que puede resultar atractiva por los disfraces, el juego y el terror compartido. 

Una familia puede participar en ambas celebraciones y reconocer sus diferencias. Sin embargo, esa posibilidad no asegura su equilibrio. Si una práctica encuentra continuidad y otra deja de realizarse, la relación entre ambas cambia. El desplazamiento puede ocurrir sin una decisión consciente de sustituir una por otra.

La mezcla ya está entre nosotros

Pedir calaverita ayuda a comprenderlo. No se puede atribuir automáticamente esta costumbre a Halloween. La Secretaría de Cultura describe formas tradicionales en las que los niños rezaban y recibían fruta o pan de muerto de las ofrendas. Había un vínculo entre la petición, los difuntos y el intercambio comunitario. 

Hoy también encontramos niños que piden calaverita con recipientes de calabaza, pero disfrazados de personajes de terror. Existe allí una mezcla de referencias culturales. Lo decisivo es lo que acompaña esa salida. ¿Hay una ofrenda en casa? ¿Los niños conocen a quienes aparecen en las fotografías de la ofrenda? ¿Escuchan sus historias? ¿Comprenden por qué se les recuerda? Si sólo reciben dulces y aprenden a disfrazarse, una parte importante de la tradición queda fuera de su experiencia.

Por eso, la mezcla no debe presentarse automáticamente como enriquecimiento ni como destrucción. Necesitamos observar qué incorpora y qué deja de transmitir. Una celebración puede conservar sus flores y sus calaveras mientras se debilitan las relaciones y los recuerdos que les daban sentido. Así, poco a poco, podría irse desvaneciendo el Día de muertos.

Conservar exige participar

Las familias, las escuelas, las comunidades y las instituciones culturales tienen una tarea que va más allá de decorar. Explicar una ofrenda, compartir una memoria familiar o acercarse con respeto a las celebraciones locales permite que los niños participen y comprendan.

Los desfiles y las grandes instalaciones pueden despertar interés. Su valor para la continuidad de la tradición dependerá también de que acerquen a sus participantes al significado de lo que muestran.

No podemos afirmar que Halloween hará desaparecer al Día de Muertos, pero sí podemos reconocer que una tradición necesita ser practicada y comprendida para continuar. La libertad de adoptar celebraciones extranjeras es compatible con una responsabilidad consciente de transmitir la propia.

Entre zombis y calaveras, el debate cultural ya ocurre en nuestras decisiones cotidianas. El futuro del Día de Muertos dependerá de que las nuevas generaciones reciban, junto con sus símbolos, razones para hacerlo suyo. 

Recordar a nuestros muertos también puede enseñarles a reconocer de dónde vienen y a cuidar los vínculos con quienes todavía están.

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