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“Estamos en paz”. Con esas palabras, Javier Aguirre resumió su despedida como director técnico de la Selección Mexicana tras la eliminación frente a Inglaterra en los octavos de final de la Copa del Mundo 2026. Más que una frase emotiva, pareció un balance personal: la tranquilidad de quien considera haber entregado todo lo que estaba a su alcance.
Desde una perspectiva deportiva, cuesta decir que el paso de Aguirre fue un fracaso. Tampoco sería justo calificarlo como un éxito rotundo. Su gestión deja una sensación más compleja: la de un entrenador que logró devolver orden, disciplina y competitividad a una selección que venía de años de dudas, aunque sin alcanzar el objetivo de dar el salto definitivo hacia la élite mundial.
México llegó a los octavos de final mostrando momentos de buen futbol. Superó la fase inicial, eliminó a Ecuador y, frente a Inglaterra, estuvo muy cerca de conseguir una de las victorias más importantes de su historia reciente. Durante largos lapsos del encuentro, el equipo mexicano fue protagonista, generó oportunidades y obligó a uno de los favoritos del torneo a emplearse a fondo. Finalmente cayó 3-2, en un partido que dejó más orgullo que resignación. Esa actuación permitió reconocer que la diferencia con las grandes potencias ya no parece insalvable, aunque sigue existiendo.
El mayor mérito de Aguirre quizá no estuvo en los resultados, sino en devolver estabilidad. En un futbol mexicano acostumbrado a los cambios constantes de entrenador y a las decisiones precipitadas, consiguió formar un grupo competitivo, con identidad y compromiso. El equipo mostró orden táctico, intensidad y una disposición para competir que durante algunos años había parecido perdida.
Sin embargo, también sería un error conformarse. El futbol internacional no premia únicamente el esfuerzo. Las selecciones que aspiran a trascender convierten sus buenos momentos en victorias. México volvió a demostrar que puede competir de tú a tú durante muchos minutos, pero también confirmó que aún le cuesta administrar ventajas, aprovechar sus oportunidades y mantener la concentración en los momentos decisivos. Esa diferencia, por pequeña que parezca, sigue separando a los buenos equipos de los verdaderamente grandes.
Por eso la frase “estamos en paz” puede entenderse desde la perspectiva del entrenador, pero difícilmente desde la del futbol mexicano. El país continúa esperando dar ese paso histórico que lo coloque, de manera constante, entre las selecciones capaces de disputar semifinales y finales de una Copa del Mundo.
Quizá la mayor enseñanza que deja este proceso es que el camino correcto no consiste en empezar de nuevo cada cuatro años. Existe una base de jugadores, una idea de juego y una cultura competitiva que merecen continuidad. Si el siguiente proyecto parte de esos avances, en lugar de desecharlos, la despedida de Javier Aguirre podría recordarse no como el final de un ciclo, sino como el inicio de una etapa más ambiciosa para el futbol mexicano.
Al final, Aguirre puede irse con la serenidad de quien trabajó con profesionalismo y devolvió credibilidad a la selección. La afición, en cambio, tiene derecho a exigir un poco más. Porque competir con dignidad ya no basta. Después de este Mundial, el siguiente desafío para México será aprender a ganar los partidos que cambian la historia.










