
El programa federal, El ABC de las Emociones, incorpora una hora semanal de formación socioemocional en tercero de secundaria y educación media superior, con materiales para estudiantes, docentes y familias, además de mecanismos de apoyo y canalización hacia los servicios de salud.
Durante décadas la escuela se ha ocupado principalmente de conocimientos y habilidades académicas. Pero los adolescentes llegan al salón con algo más: miedo, tristeza, enojo, ansiedad, conflictos familiares, presión social y, cada vez más, una vida digital que también influye en la manera en que se relacionan y perciben a sí mismos.
Atender esa dimensión es el propósito de El ABC de las Emociones, estrategia nacional del Gobierno de México dirigida principalmente a jóvenes de 14 a 18 años y que comenzará concentrándose en tercero de secundaria y educación media superior.
La subsecretaria de Educación Media Superior, Tania Rodríguez Mora, explicó que la estrategia tiene un enfoque preventivo, comunitario y territorial. Se distribuirán 16 millones de guías: 7.5 millones para estudiantes, igual número para sus familias y un millón para docentes. Pero el programa pretende ir más allá de entregar materiales.
En las escuelas habrá una hora semanal dedicada a la formación socioemocional, apoyada por actividades previamente diseñadas: ejercicios individuales y colectivos, juegos, talleres, sociodramas y espacios de conversación. La intención es que los jóvenes aprendan a identificar lo que sienten, expresarlo, escuchar a otros y reconocer cuándo necesitan ayuda.
Uno de los temas será su relación con las tecnologías digitales: ansiedad asociada al teléfono, alteraciones del sueño, convivencia y riesgos en redes sociales. El enfoque no consiste simplemente en condenar los dispositivos, sino en aprender a relacionarse con ellos de manera que no deterioren el bienestar emocional.
La escuela puede escuchar, pero no sustituir al especialista
Este punto es fundamental. Un maestro puede advertir que algo sucede, escuchar y acompañar, pero no debe convertirse en psicólogo.
El programa contempla capacitación y materiales para docentes y directivos, así como coordinación con el sector salud para canalizar los casos que requieran atención profesional. También incorpora la Línea de la Vida, 800 911 2000, disponible las 24 horas, como vía de orientación y atención.
La necesidad de capacitación quedó planteada incluso durante la presentación de la estrategia. Una docente reconoció el valor de contar ya con guías, pero señaló que maestros, directivos y demás personal escolar necesitan también formación y apoyo para acompañar adecuadamente a los estudiantes.
La familia también entra al salón
Otro componente importante es que la responsabilidad no queda únicamente en estudiantes y profesores. Entre octubre y diciembre se realizarán asambleas con madres, padres y personas cuidadoras, quienes además recibirán materiales específicos.
Las asambleas tienen sentido, pues enseñar a un adolescente a expresar lo que siente servirá de poco si cuando intenta hacerlo encuentra en casa indiferencia, descalificación o regaño. El programa propone escuchar, establecer límites, acompañar la vida digital y generar confianza para que los jóvenes puedan pedir ayuda.
En cierta forma, educar emocionalmente a los adolescentes exigirá también aprendizaje de los adultos.
Una buena propuesta que ahora tendrá que demostrar resultados
El ABC de las Emociones reúne varios elementos favorables: prevención, presencia semanal en las aulas, materiales diferenciados, metodología, participación familiar, capacitación docente y mecanismos para recurrir al sistema de salud cuando el problema supera las posibilidades de la escuela.
El programa también genera expectativas importantes. Abrir en miles de salones un espacio donde un adolescente pueda decir que tiene miedo, está triste, se siente solo o necesita ayuda puede producir un cambio significativo en la cultura escolar.
Pero no hay que confundir cobertura con resultados. Dieciséis millones de guías no equivalen a 16 millones de personas mejor atendidas, y una hora semanal sólo será útil si quienes la conducen están preparados, los estudiantes encuentran confianza para hablar y existe una ruta efectiva hacia la atención especializada cuando sea necesaria. Ahí estará la verdadera prueba del programa.
Su objetivo no puede ser que los jóvenes nunca sientan tristeza, miedo, enojo o angustia. Esas emociones forman parte de la vida. El avance estaría en algo aparentemente más modesto, pero quizá mucho más importante: que aprendan a comprender lo que sienten, puedan hablar de ello y sepan que, cuando un problema los rebasa, pedir ayuda es también una forma de cuidarse.










