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¿Cómo pasó Chile de Boric a Kast?

Composición editorial con Salvador Allende, Gabriel Boric y José Antonio Kast que representa la evolución política de Chile entre 1970 y 2025.
Salvador Allende, Gabriel Boric y José Antonio Kast representan tres momentos muy distintos de la historia política chilena. Más que una sociedad que cambia continuamente de ideología, Chile muestra un electorado plural cuyas prioridades y demandas pueden modificarse con rapidez.

Hay imágenes que obligan a hacerse preguntas políticas mucho más amplias que la noticia que las produjo. Recientemente, el gobierno del presidente chileno José Antonio Kast realizó la llamada Operación Cancerbero: cientos de presos considerados de alta peligrosidad fueron trasladados a la cárcel de La Laguna, en la región del Maule. Las imágenes mostraron a los internos esposados, sentados en filas, con la cabeza agachada, en una puesta en escena que inmediatamente recordó los operativos penitenciarios del presidente salvadoreño Nayib Bukele.

La semejanza no es accidental. Antes de asumir la presidencia, Kast visitó El Salvador, recorrió el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) y pidió al gobierno salvadoreño colaboración para conocer su experiencia penitenciaria. No planteó copiar literalmente el modelo, pero sí ha expresado interés en aprender de él y adaptarlo a la realidad chilena.

Entonces surge una pregunta inevitable. ¿No era éste, hasta hace muy poco, el Chile de Gabriel Boric? ¿Cómo puede una sociedad pasar tan rápidamente de un presidente surgido de las movilizaciones estudiantiles, identificado con la izquierda y con una propuesta de profundas transformaciones sociales, a José Antonio Kast, uno de los dirigentes más claramente identificados con la ultra derecha conservadora chilena?

La explicación más sencilla sería decir que Chile dio un giro a la derecha, pero probablemente esa explicación sea demasiado simple.

Chile no cambió de población

Para comprender lo ocurrido hay que comenzar por algo elemental: No apareció de pronto otro Chile, pues quienes eligieron a Boric en 2021 y quienes participaron en las sucesivas decisiones políticas de los años siguientes pertenecen esencialmente a la misma sociedad que terminó llevando a Kast a la presidencia.

Tampoco resulta convincente imaginar que millones de personas modificaron en pocos años toda su concepción acerca del Estado, la economía, la igualdad, la seguridad, los derechos sociales y la libertad.

Quizá lo que cambió no fue fundamentalmente la ideología de los chilenos, más bien cambiaron las preguntas que consideraban más urgentes, y, con ellas, cambiaron también las respuestas políticas que estaban dispuestos a aceptar.

Una sociedad mucho más diversa de lo que sugieren sus presidentes

Chile nunca ha sido políticamente homogéneo. No podemos decir que el Chile de Salvador Allende fue enteramente “el Chile de Allende”. En 1970, Salvador Allende llegó a la presidencia con alrededor del 36% de los votos, en una sociedad extraordinariamente dividida. 

Había una izquierda socialista y comunista muy organizada, pero también una derecha poderosa y una Democracia Cristiana que constituía otro enorme polo político. Allende representaba una corriente muy importante del Chile de entonces, pero no un consenso nacional.

Más de medio siglo después, esa diversidad política sigue siendo una característica de la sociedad chilena. Por eso no podemos decir que la llegada de Gabriel Boric a la presidencia sea la demostración de que Chile se había convertido en un país de izquierda.  Boric ganó ampliamente la segunda vuelta de 2021, pero lo hizo en un momento histórico muy particular, marcado todavía por el estallido social de 2019 y por una extendida demanda de cambios.

La victoria de Boric reunió, por supuesto, al electorado de izquierda, pero también a ciudadanos que no necesariamente compartían todo su proyecto político y que encontraron en su candidatura una respuesta a las inquietudes de aquel momento. Pensiones, desigualdad, educación, salud, endeudamiento y una extendida sensación de abuso habían colocado la transformación en el centro de la conversación pública.

Chile quería cambios, pero lo ocurrido después demostró algo fundamental: querer cambios no significa aceptar cualquier cambio. Esa es la primera gran evidencia de que aquella victoria electoral no podía interpretarse simplemente como una conversión ideológica de la sociedad chilena: cuando la transformación comenzó a adquirir formas concretas en el proceso constitucional, los propios ciudadanos empezaron a establecer límites.

Dos constituciones rechazadas dicen mucho sobre Chile

Después del estallido social comenzó un proceso constitucional. Así Allende dejó de funcionar simplemente como antecedente histórico y se convierte en la primera demostración de que un presidente puede representar una corriente política poderosa sin que por ello el país entero adopte su identidad ideológica

Esto explica por qué el Chile de Allende no era enteramente allendista, ni el Chile de Boric fue sido enteramente boricista, ni el actual es enteramente kastista.

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