
En algunas comunidades tradicionales de Oaxaca, al igual que en diversas comunidades indígenas y tradicionales de México, convertirse al cristianismo evangélico o pentecostal puede significar mucho más que cambiar de religión. Cuando las fiestas, los cargos, la cooperación y los usos comunitarios están vinculados históricamente al catolicismo, una decisión de conciencia puede convertirse también en un problema de convivencia y pertenencia.
Oaxaca es un estado cada vez más diverso en materia religiosa. En 2020, 75.5% de su población se declaró católica y 15.8% protestante o cristiana evangélica. Una década antes las proporciones eran 80.6% y 10.5%, respectivamente. Es decir, según cifras del INEGI, mientras disminuyó la proporción católica, aumentó considerablemente la presencia protestante y evangélica.
Pero esa transformación adquiere características particulares en algunas comunidades indígenas y tradicionales, porque allí la religión puede estar estrechamente relacionada con formas históricas de organización social.
La fiesta religiosa también es comunidad
En una ciudad resulta relativamente sencillo distinguir entre religión y obligaciones civiles. Una persona puede dejar de ser católica, convertirse al pentecostalismo o no profesar ninguna religión y continuar participando normalmente en la vida de su colonia, trabajo y municipio.
En cambio, en algunas comunidades tradicionales la separación puede ser mucho más complicada. La fiesta patronal, por ejemplo, no necesariamente constituye sólo un acto religioso. Puede implicar cooperación económica, preparación de alimentos, música, organización, mayordomías, cargos, trabajo colectivo y convivencia entre familias.
La propia CNDH ha documentado esta dificultad: algunos servicios comunitarios pasan por actividades relacionadas con el templo y con la religión católica, mientras que fiestas, actos simbólicos y acontecimientos importantes de la comunidad pueden contener un fuerte componente religioso.
Entonces aparece un problema que no puede reducirse simplemente a un enfrentamiento entre católicos y evangélicos. Una persona que adopta una iglesia pentecostal puede estar completamente dispuesta a participar en el tequio, reparar un camino, colaborar con la escuela, asistir a la asamblea o prestar otros servicios al pueblo, pero puede considerar incompatible con su nueva fe financiar una celebración patronal, cargar una imagen, participar en una procesión o asumir determinadas responsabilidades religiosas.
Desde su perspectiva un pentecostal convertido puede estar diciendo: “Sigo perteneciendo a mi comunidad, pero mi conciencia ya no me permite practicar esa religión”. En cambio desde la perspectiva tradicional, la interpretación puede ser diferente: “Todos cumplimos con las obligaciones de la comunidad y tú has dejado de hacerlo”. Y ahí comienza la ruptura.
Dos derechos que deben convivir
México reconoce tanto la libertad religiosa y de conciencia como el derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación y a conservar sus sistemas normativos.
La Suprema Corte recuerda que la libertad de conciencia y religión está protegida por el artículo 24 constitucional y por instrumentos internacionales de derechos humanos. Al mismo tiempo, la propia Corte reconoce la autonomía de los pueblos indígenas y su derecho a regirse mediante sus sistemas normativos, aunque esa autonomía encuentra límites en los derechos fundamentales.
No se trata, por tanto, de negar los usos y costumbres para defender al converso, ni de negar la libertad religiosa para conservar las tradiciones. El desafío es encontrar la manera de proteger ambas.
Separar el servicio comunitario del acto de fe
Probablemente en el apartado anterior se encuentre una parte importante de la solución. Una comunidad necesita cooperación para sobrevivir, pues necesita que sus integrantes aporten trabajo, tiempo, recursos y responsabilidades. Sin embargo, la libertad religiosa no tendría por qué convertirse en una justificación para abandonar esas obligaciones colectivas, pero tampoco debería ser necesario profesar una determinada religión para demostrar que se pertenece a un pueblo.
La diferencia parece pequeña, pero es fundamental. Una cosa es contribuir a reparar un camino, limpiar un espacio comunitario, apoyar una obra pública o prestar un servicio en beneficio de todos. Otra muy distinta es obligar a una persona a participar en una ceremonia o financiar un acto que contradice sus convicciones religiosas.
Quizá en esto deben cooperar mucho los ministros de culto. Por un lado los ministros católicos podrían no emitir juicios anti “protestantes” e invitar a la tolerancia y a la sana convivencia, mientras que los ministros pentecostales podrían ser menos agresivos en sus discursos anticatólicos e invitar a su membresía a participar respetuosamente en las actividades comunitarias. Y si en algún momento se presentan en actos religiosos, bien producían los pentecostales presenciarlos con un silencio respetuoso aunque no coincida con sus creencias.
La CNDH ha señalado precisamente que los usos y costumbres son fundamentales para los pueblos indígenas, por lo que el hecho de profesar una fe distinta, no justifica adoptar una actitud hostil, de la misma manera que los católicos pero no pueden utilizar los usos y costumbres para justificar violaciones de derechos fundamentales, particularmente en materia de libertad religiosa.
Una nueva manera de entender la pertenencia
El crecimiento de la diversidad religiosa plantea entonces una transformación más profunda. Durante generaciones, en determinadas comunidades pudieron caminar juntas la religión, la cultura, las fiestas, los cargos, la cooperación y la identidad colectiva. La pluralidad religiosa obliga ahora a distinguir algunos de esos elementos sin destruir aquello que mantiene unida a la comunidad.
El católico debe poder continuar celebrando sus tradiciones. El evangélico o pentecostal debe poder practicar su fe. Quien no profese ninguna religión debe tener también su espacio. Y todos deberían continuar encontrándose en aquello que permanece común: el territorio, la historia, la familia, la lengua cuando corresponda, la solidaridad y las responsabilidades necesarias para sostener la vida colectiva.
El verdadero desafío quizá pueda expresarse en una frase: que una persona pueda dejar de compartir la religión de su comunidad sin tener que dejar de pertenecer a su comunidad.
Lograrlo exige cambios y seguramente negociaciones difíciles. Pero también representa una oportunidad: demostrar que una tradición permanece viva no solamente cuando conserva sus costumbres, sino cuando es capaz de encontrar formas de convivencia para una sociedad que inevitablemente se transforma.










