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Donald Trump descalifica a Noruega por no otorgarle el premio Nobel de la Paz 

Donald Trump, con traje oscuro y corbata roja, frente a varias banderas de Estados Unidos.
Donald Trump entre banderas estadounidenses. Fotografía utilizada para ilustrar el artículo; no corresponde a sus declaraciones sobre el Nobel de la Paz.

Donald Trump volvió a reclamar el Nobel de la Paz y, al no recibirlo, descalificó la decisión y dirigió su enojo contra Noruega. El reconocimiento, según sus propias cuentas, le correspondía por haber “resuelto” ocho guerras. Al parecer, la evaluación del comité era tan solo un trámite pendiente para confirmar lo que el candidato ya había aprobado. 

El diario El Universal publicó que la administración de Donald Trump anunció sanciones contra la Corte Penal Internacional horas después de que se diera a conocer que el Premio Nobel de la Paz 2026 fue otorgado a Navi Pillay, exjueza de ese tribunal y jurista sudafricana.

“Hasta la fecha, Estados Unidos ha impuesto sanciones a 17 personas. Hoy, el Departamento de Estado anuncia medidas adicionales para defender la soberanía estadounidense y neutralizar la amenaza que representa la CPI”, anunció el Departamento de Estado de Estados Unidos.

La pretensión de Trump invita a revisar qué entiende por paz quien desea ser distinguido por ella, porque dice haber detenido guerras tan solo por considerar que todo lo que hace una potencia militar se convierte, por definición, en un servicio a la humanidad.

En febrero de este año, Trump ordenó dar prioridad en la venta de armas estadounidenses a países con mayor gasto militar e importancia estratégica. La medida buscó, además, ampliar la capacidad de producción de esa industria. 

La ironía no consiste en afirmar que cualquier defensa impide la paz. Consiste  as bien en observar la facilidad con que el crecimiento del negocio de las armas se presenta como una virtud pacificadora, sin considerar la consecuencia de pérdida de vidas humanas.

Gaza ofrece una contradicción todavía más dolorosa. En febrero de 2025, Trump propuso que Estados Unidos tomara el control del territorio y planteó el desplazamiento permanente de sus habitantes. Una solución singular: después de la devastación, quienes tendrían que cambiar de lugar serían los sobrevivientes, no los atacantes. 

El alto al fuego posterior y la liberación de rehenes y prisioneros fueron avances valiosos. Cada vida salvada importa, pero un año después, la agencia de noticias Reuters informó que el plan seguía estancado y que continuaban los ataques israelíes. La distancia entre anunciar la paz y hacerla efectiva se mide allí en vidas, desplazamientos y hogares destruidos. 

En Venezuela, una operación militar estadounidense ordenada por Trump capturó a Nicolás Maduro y a su esposa en Caracas y los trasladó a Estados Unidos. La opinión que cada quien tenga del gobernante venezolano no elimina la pregunta moral: ¿puede una potencia atribuirse el derecho de irrumpir en otro país y llevarse a su presidente? Si la fuerza basta para conceder ese derecho, la soberanía de los pueblos depende de quien tenga más y mejores armas. 

Y el 7 de abril, frente a Irán, Trump amenazó que una civilización entera moriría esa noche. Después suspendió el ataque anunciado y se alcanzó una tregua temporal. Cabe celebrar que la amenaza no se consumara, pero resulta más difícil entender por qué amenazar con una destrucción semejante habría de formar parte de un expediente de méritos para la paz. 

Tal vez habría que cambiar la ceremonia: antes de entregar la medalla, preguntar a los pueblos amenazados qué sintieron al escuchar al aspirante.

Llegados a este punto, la ironía cede su lugar a una cuestión ética. La paz exige reconocer que las vidas ajenas tienen valor propio, que los civiles no son instrumentos de negociación y que ningún poder adquiere autoridad moral por su capacidad de destruir.

Una tregua merece reconocimiento por lo que evita; no concede absolución por todo lo demás. Tampoco vuelve aceptables retrospectivamente las amenazas, el desplazamiento de poblaciones o la imposición militar.

La contradicción de Trump no está solamente entre sus palabras y sus actos. Está entre reclamar un honor por proteger la vida y ejercer el poder como si pudiera disponer de ella. Un premio puede culminar una trayectoria, pero no puede convertir la intimidación en justicia ni la dominación en paz.

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