Entré a una tienda… y salí pensando en todo el sistema

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Patrullas de policía y agentes frente a una tienda de conveniencia iluminada durante la noche en Querétaro, tras un reporte de asalto.
Patrullas y elementos de seguridad afuera de una tienda de conveniencia en Querétaro, minutos después de un asalto.

Una escena cotidiana en Querétaro deja ver una lógica que se repite: cuando el tiempo importa, el procedimiento no siempre responde.

Entré a la tienda de conveniencia sin pensar demasiado. Era una parada breve, casi automática, de esas que uno hace entre una actividad y otra. Tomar algo, pagar y salir.

El ambiente era el de siempre: luz blanca, refrigeradores encendidos, un par de personas recorriendo los pasillos sin prisa. Nada fuera de lo común. Hasta que dejó de serlo.

No hubo gritos largos ni escenas cinematográficas. Fue rápido. Un movimiento, una presencia que rompía la normalidad, una tensión que se instaló de golpe. Un asalto.

El ladrón tomó lo que buscaba y salió. Así, sin más. En cuestión de segundos, la tienda volvió al silencio, pero ya no era el mismo silencio. Era otro: uno más denso, más incómodo.

El encargado reaccionó de inmediato. Tomó el teléfono y llamó a la policía. Había urgencia en su voz, pero también claridad: sabía lo que acababa de pasar y sabía que el tiempo importaba. Y entonces ocurrió algo que, en cualquier otra ocasión, habría parecido una buena noticia. La patrulla llegó rápido. Muy rápido. En menos de cinco minutos estaba ahí.

Pensé —como probablemente cualquiera pensaría en esa situación— que eso cambiaría todo. Que aún había margen. Que la historia no estaba cerrada.

Pero no. Los policías escucharon el relato, hicieron preguntas, sacaron una tableta y comenzaron a registrar los hechos. El protocolo se activó con precisión.

Mientras tanto, el encargado repetía algo que parecía evidente: —Pueden estar cerca. No era una hipótesis sofisticada. Era sentido común. Habían pasado minutos. El margen de reacción seguía abierto. Pero la escena no cambió de rumbo. Las preguntas continuaron. Los datos se capturaron. El relato se ordenó en formato institucional.

El encargado insistía. Había una mezcla de urgencia e incredulidad en su tono. En algún momento dijo lo que muchos habríamos esperado: —Yo pensé que saldrían a buscarlos.

La respuesta llegó sin tensión, casi como una corrección: —Usted ve mucha televisión, joven. No fue una frase agresiva. Fue algo más inquietante: fue una normalización. Como si la reacción inmediata fuera una expectativa ingenua. Como si lo correcto no fuera actuar, sino registrar los hechos.

Recuerdo el rostro del encargado en ese momento. No era solo enojo. Era desconcierto. Una especie de ruptura entre lo que él entendía como lógico y lo que estaba ocurriendo frente a él.

Yo salí de la tienda minutos después de que di mi testimonio. El tráfico seguía su ritmo. La ciudad no se había alterado.

Pero algo sí había cambiado. No pensé solo en el asalto. Pensé en la escena completa. En esa distancia entre lo que ocurre y la manera en que se responde.

Y entonces, inevitablemente, vino a mi mente otro caso. Uno mucho más grave. Uno donde el tiempo no era solo una oportunidad, sino una posibilidad de vida: el de Edith Guadalupe. No es lo mismo, por supuesto. No se puede comparar la pérdida de unos cuantos pesos con la pérdida de una vida. 

Pero la lógica que subyace —esa forma de operar donde el procedimiento se impone sobre la urgencia— parece la misma. No se trata de cuestionar los protocolos. Son necesarios. Pero hay momentos donde el orden no puede sustituir a la acción.

Porque hay situaciones donde cada minuto cuenta. Y cuando esos minutos se ocupan en registrar en lugar de intervenir, la institución puede cumplir con su proceso… y aun así fallar en lo esencial.

Salí de la tienda con esa idea dando vueltas. No sobre el asalto. Sino sobre el sistema.

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