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Estados Unidos: un voto por la vida cotidiana, pero sin cambios para el mundo

Personas emiten su voto en cabinas individuales con banderas estadounidenses, instaladas sobre la cancha de un gimnasio.
El voto puede expresar malestar por las condiciones de vida sin implicar un rechazo a la política internacional del país. Imagen de archivo.

El resultado de las elecciones intermedias se explica por la inconformidad de los estadounidenses por las políticas internas del gobierno de Trump que afecta a los hogares, pero no afecta la política exterior. La política de intervencionismo no se ve afectada. 

El precio de los alimentos, la renta de una vivienda, la estabilidad del empleo o la posibilidad de pagar una consulta médica tienen una fuerza política inmediata: se sienten todos los días. Cuando una familia llega con dificultades al final del mes, las promesas de grandeza nacional pierden eficacia. 

Desde esa perspectiva conviene leer las elecciones intermedias del martes 3 de noviembre en Estados Unidos como un voto de castigo porque los estadounidenses perciben que su nivel de vida se ha visto afectado. 

Los reportes disponibles señalan que los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso. Es un revés importante para Donald Trump y abre una etapa distinta para su gobierno.  Pero la nueva distribución del poder no significa que hayan cambiado las convicciones de la sociedad o los objetivos internacionales del país.

El resultado permite a la oposición disputar leyes y presupuestos, investigar al Ejecutivo y ejercer mayor vigilancia sobre sus decisiones. El Senado también puede frenar nombramientos que necesitan su aprobación. Ahora el presidente, con menos respaldo legislativo, enfrenta obstáculos que antes podía superar con mayor facilidad.

Sin embargo, esos límites no garantizan que las demandas ciudadanas se conviertan pronto en soluciones. Las diferencias entre el Congreso y la Casa Blanca pueden producir acuerdos, pero también bloqueos. El voto abre posibilidades; mejorar la vida cotidiana requiere decisiones, recursos y capacidad para llevarlas a la práctica.

El bolsillo y el sentido del voto

La cobertura de Associated Press identifica el costo de vida entre las razones del descontento, junto con la corrupción y la guerra con Irán, y aunque no podemos atribuir una misma motivación a millones de electores, aun así, las dificultades materiales ofrecen una explicación central del castigo al partido gobernante. 

El empleo y los servicios forman parte de esa misma carencia que los estadounidenses reclaman: tener ingresos suficientes, conservar protección médica, pagar la vivienda y encontrar oportunidades para los hijos. Pero hacer estos reclamos no significa que los electores no compartan su política exterior y migratoria.

Por eso, perder votos no equivale necesariamente a perder toda influencia ideológica. Un elector estadounidense puede rechazar los resultados económicos de su administración y conservar posiciones nacionalistas, una visión restrictiva de la migración o simpatizar con el liderazgo de Trump. El resultado electoral, no significa que se rechace la política migratoria ni la exterior.

El mismo criterio debe aplicarse a la política de regresar a Estados Unidos a su grandeza del pasado, conocida como MAGA. La derrota puede debilitar su capacidad de imponer decisiones, pero no borra automáticamente las convicciones que lo sostienen.

Lo que puede esperar el resto del mundo

¿Estos resultados anuncian una relación más respetuosa con los demás países? No hay motivos suficientes para afirmarlo. El intervencionismo estadounidense precede a Trump y tiene antecedentes bajo gobiernos de ambos partidos. La alternancia entre republicanos y demócratas no ha impedido las intervenciones militares ni ha eliminado la pretensión de Washington de decidir qué conductas acepta de otras naciones.

Eso no vuelve idénticos a los dos partidos. Existen diferencias entre sus dirigentes y también dentro de sus propias filas. Esas diferencias pueden influir en decisiones concretas, en el uso de recursos y en la posibilidad de contener una escalada militar. Pero una victoria demócrata no constituye, por sí misma, una garantía de que cesarán los ataques a otros países o de que cambiará de fondo la relación con Israel. 

Incluso el rechazo electoral a la guerra contra Irán necesita interpretarse con precisión. Los estadounidenses pueden oponerse a la guerra porque encarece el combustible, consume recursos públicos o pone en peligro a soldados estadounidenses. Esa oposición tiene consecuencias políticas, pero no expresa una defensa de la soberanía del país atacado ni una preocupación por sus víctimas.

Ésa es la distinción importante para quienes observamos desde fuera. El malestar interno puede obligar a Washington a modificar algunas decisiones sin transformar su manera de entender el poder. No esperamos que se retire de Irán. Tampoco que libere al presidente de Venezuela ni que termine el bloqueo a Cuba como tampoco cesará el hostigamiento a México ni la agresividad arancelaria. Eso no cambiaría ni con un relevo del presidente por un demócrata. 

Las elecciones tienen valor porque permiten exigir cuentas y limitar a quienes gobiernan. Sus efectos pueden ser importantes para millones de hogares estadounidenses. Pero los pueblos que reciben amenazas, presiones o ataques necesitan algo más que un cambio de mayoría parlamentaria: necesitan decisiones que respeten su soberanía y protejan sus vidas. 

La medida del cambio estará ahí.

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