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México necesita ajustes de fondo para recuperar jerarquía futbolística

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Jugadores de Estados Unidos celebran junto a la portería mientras el guardameta y un defensor de México permanecen frente a la red.
La derrota ante Estados Unidos profundiza las dudas sobre el funcionamiento de la selección mexicana y exige ajustes que van más allá del marcador.

La selección mexicana llega al encuentro pendiente ante Chile con una deuda que rebasa los resultados. Los empates 1–1 frente a Colombia y Perú, seguidos por la derrota 3–0 ante Estados Unidos, dejan un balance de ninguna victoria, dos goles anotados y cinco recibidos. 

Pero la preocupación principal está en el funcionamiento: falta de contundencia, errores defensivos y una respuesta insuficiente cuando el partido exige recuperar el orden y sobreponerse a la adversidad.

Si se aplicara la cuenta habitual de un torneo, México habría conseguido dos puntos de nueve posibles. En estos amistosos, sin embargo, estaba en juego algo más que una suma: mostrar estructura, coordinación y calidad futbolística. La renovación encabezada por Rafael Márquez necesita ofrecer señales de avance desde sus primeras pruebas.

Las ausencias de figuras habituales cuentan, pero no explican todo. Estados Unidos también emprendió una renovación: su convocatoria reunió a 13 participantes del Mundial de 2026 y doce futbolistas que recibían su primer llamado a la selección mayor. Ante México combinó jugadores experimentados con jóvenes de escaso recorrido internacional. La comparación obliga a examinar qué respuestas obtiene cada entrenador de los recursos disponibles.

Frente al conjunto estadounidense, México tuvo oportunidades que no convirtió en anotaciones. Los errores de Raúl “Tala” Rangel pesaron en el marcador y la expulsión de Mateo Chávez agravó el panorama. Fallar una ocasión o cometer una equivocación puede ocurrir en cualquier equipo; el problema aumenta cuando faltan mecanismos colectivos para contener sus consecuencias y recuperar la iniciativa.

Por eso, apelar al proceso de adaptación resulta insuficiente. Un proceso necesita tiempo, pero también intervención. La maduración se construye mediante entrenamiento, lectura del juego y decisiones oportunas. Esperar que los jugadores acumulen encuentros no garantiza que aprendan a resolver las dificultades que se repiten.

Márquez necesita ajustar integralmente el funcionamiento. Ajustar puede significar conservar un esquema y modificar las distancias entre líneas; mantener jugadores y cambiar sus funciones; reconocer cuándo conviene acelerar y cuándo hace falta asegurar la posesión. 

La continuidad adquiere sentido cuando permite mejorar. La salida desde la defensa merece ese criterio. Circular cerca de la propia portería exige apoyos, precisión y una evaluación constante de la presión rival. Cuando esas condiciones desaparecen, insistir en pases entre defensas se puede convertir en un riesgo innecesario. 

También el avance de los delanteros debe acompañarse desde el mediocampo: adelantar la ofensiva sin conexión deja espacios difíciles de cubrir y vuelve ineficaces los pases.

La disciplina forma parte del mismo trabajo. Las protestas que cuestan tarjetas, las reacciones impulsivas y las pérdidas de concentración reducen las posibilidades de competir. El carácter se expresa en conservar el criterio bajo presión, respaldar al compañero que falla y responder con futbol cuando el marcador se vuelve adverso.

En la portería, como en cualquier posición, la evaluación debe considerar distintas capacidades. Además de reflejos y juego con los pies, importa sostener la concentración después de un error y transmitir seguridad durante los momentos difíciles. Un encuentro no permite dictar una sentencia sobre la personalidad de Rangel, pero sí obliga a revisar su actuación y las alternativas de porteros disponibles.

Cada seleccionado aporta recursos distintos: profundidad, resistencia, pausa, capacidad defensiva, liderazgo o estímulo para el conjunto. Corresponde al técnico combinarlos según las circunstancias. Aferrarse a una alineación o a un jugador emblemático puede reducir esa elasticidad. La confianza necesita acompañarse de competencia interna y decisiones justificadas por las necesidades del equipo.

El respaldo de numerosos aficionados mexicanos en territorio estadounidense añade una dimensión al desencanto. Esa cercanía no asegura victorias, pero merece una actuación con orden, entrega y capacidad de reacción. La jerarquía de una selección se reconoce también en cómo compite después de recibir un gol. 

Para el próximo partido una victoria ante Chile mejoraría el balance; recuperar credibilidad exigirá además una actuación convincente. Márquez merece una oportunidad real de construir, y esa oportunidad implica responsabilidad desde ahora. Si las fallas persisten sin correcciones visibles, crecerán las dudas sobre su conducción. Su prestigio como futbolista abrió expectativas; sus decisiones como entrenador deben darles sustento.

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