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Otra vez la maldita corrupción

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Ilustración de dos manos que protegen una pequeña llama mientras una mancha oscura se aproxima sobre un fondo claro.
La esperanza de un país más justo exige cuidar la confianza del pueblo y enfrentar la corrupción con verdad y responsabilidad.

Muchos creímos que habíamos dejado atrás los privilegios de los que gobiernan. Por eso duele tanto que la corrupción vuelva a aparecer donde esperábamos encontrar una manera diferente de gobernar.

A veces uno se cansa de escuchar la palabra corrupción. La oímos en las noticias, en las conversaciones de la calle, en la mesa de la casa. Y volvemos a preguntarnos cuándo vamos a poder dejarla atrás.

Cuántos años llevamos oyendo que un funcionario se aprovechó del puesto, que alguien hizo negocio con dinero público o que los amigos del poder se quedaron con lo que debía servir para todos. Cuántas veces nos dijeron que las cosas iban a cambiar y luego vimos a los mismos de siempre repartirse los beneficios.

Por eso, cuando llegó la Cuarta Transformación, muchos sentimos esperanza. Pensamos que, por fin, los de abajo íbamos a contar. Que los adultos mayores serían escuchados, que los jóvenes tendrían más oportunidades y que las familias con menos recursos recibirían una atención que durante mucho tiempo se les había negado.

También creímos que los funcionarios entenderían algo que parece muy sencillo: que están ahí para servir al pueblo, no para servirse de él. Por eso duele cuando volvemos a escuchar de corrupción, sobre todo si los señalamientos apuntan hacia quienes llegaron diciendo que iban a combatirla. Duele porque uno quiere creer. Porque después de tantos años de dificultades, uno quisiera que esta vez las cosas fueran distintas.

No queremos otro PRI ni otro PAN

Muchos apoyamos la transformación porque estábamos cansados de los privilegios, de la distancia entre quienes gobernaban y quienes trabajábamos para sacar adelante la casa. No queremos que se cambien los nombres y los colores para terminar viendo las mismas costumbres.

Este pueblo no quiere otro PRIAN. No queremos un funcionario ni un líder comiendo como no come el pueblo, paseando como no pasea el pueblo, viajando como no viaja el pueblo. No queremos que, mientras una familia revisa cuánto le queda para la despensa, quien dice representarla haga del lujo una costumbre. De eso ya tuvimos bastante. 

Sabemos que un cargo público trae responsabilidades y que algunas tareas requieren viajes o gastos de trabajo. Pero una cosa es cumplir con esas obligaciones y otra acostumbrarse a privilegios que alejan a los funcionarios de la gente a la que deben servir.

Queremos funcionarios honestos, sí, pero también queremos que lo parezcan. Que su forma de actuar sea congruente con lo que dicen. Que no vivan de una manera que les haga olvidar cómo vive la mayoría. Y que, cuando haya preguntas razonables, den la cara y expliquen. Que se investigue y se diga la verdad

Tampoco se vale condenar a una persona solo porque alguien lo dijo o porque apareció un rumor. Si se acusa a alguien de corrupción, hay que mostrar pruebas. Y quien es señalado tiene derecho a defenderse y rápido, que no espere a ver cuánto crece la acusación. Sabemos que los poderosos gastan millones para que en la radio, en la televisión y en los periódicos se hable mal de este gobierno, pero los funcionarios tampoco deben quedarse callados. Queremos que aclaren de inmediato. 

Ver a alguien rodeado de lujo hace que nos preguntemos de dónde viene ese dinero y si esa conducta corresponde con sus responsabilidades. La pregunta es válida. Pero el lujo, por sí solo, no demuestra que se haya cometido un delito. Tampoco una renuncia lo demuestra. Lo que sí queremos es que las dudas se aclaren, que se revisen los documentos y que las autoridades investiguen. 

Si se comprueba una falta, que haya consecuencias. Si no se comprueba, que también se informe. Y que las pruebas se muestren, en la medida que permita la ley, para que no tengamos que conformarnos con rumores.

La misma regla debe valer para todos. No podemos exigir pruebas cuando se acusa a alguien que apreciamos y dar por cierto cualquier señalamiento contra quien piensa diferente. La verdad no debería depender del partido al que pertenezca una persona.

Lo que la corrupción nos quita

Cuando se habla de corrupción, a veces las cifras son tan grandes que cuesta imaginar lo que significan. Pero basta pensar en lo que hace falta cerca de nosotros: una clínica mejor equipada, una escuela reparada, agua en una comunidad, una obra que se prometió y no se terminó.

El dinero público sale del esfuerzo de todos y debe usarse para atender necesidades de todos. Cuando alguien se lo lleva o lo desvía, no le quita algo a una cuenta lejana: nos quita posibilidades de vivir mejor.

Y también nos quita confianza. Nos hace preguntarnos si valió la pena esperar, participar y creer. Esa es una pérdida que no aparece en las cuentas, pero se siente en la casa y en la conversación de todos los días.

Por eso no queremos que nos pidan silencio en nombre de la transformación. Al contrario: si de verdad queremos que este país cambie, debemos poder preguntar, exigir explicaciones y pedir que se investigue, sin que por hacerlo nos llamen enemigos.

Quienes apoyamos un proyecto no le entregamos un cheque en blanco. Le dimos nuestra confianza porque esperábamos una manera más justa y más honesta de gobernar. Y tenemos derecho a exigir que cumpla.

Maldita corrupción. Cuánto daño nos has hecho. Cuánto duele encontrarte otra vez cuando creíamos que empezábamos a dejarte atrás.

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