
El avance del narcotráfico en México ha abierto un debate cada vez más inquietante: hay voces que comienzan a ver una posible intervención estadounidense como una solución deseable. Pero detrás de esa postura no solo está la desesperación frente a la violencia, sino una peligrosa relativización de la soberanía nacional y de la historia que costó construirla.
El crecimiento del crimen organizado en México ha llevado el debate público a un terreno cada vez más delicado. En días recientes, el politólogo Leo Zuckermann planteó en el programa Tercer Grado una pregunta que, más allá de su formulación mediática, encierra una discusión profundamente grave: ¿qué sería peor para México, soportar al narcotráfico o una eventual intervención de Estados Unidos para acabar con él?
La pregunta no es solamente un ejercicio de análisis de seguridad. En realidad, coloca sobre la mesa un dilema histórico y moral: soberanía nacional o intervención extranjera. Y eso cambia completamente el nivel del debate.
Es verdad que el narcotráfico se ha convertido en una amenaza real para la paz pública. Es verdad que ha penetrado estructuras políticas, económicas y sociales. Es verdad que miles de mexicanos han muerto víctimas de la violencia criminal. Negarlo sería irresponsable. Pero una cosa es reconocer la gravedad del problema y otra muy distinta asumir que México debe aceptar la posibilidad de una invasión extranjera como solución.
Ahí aparece una diferencia profunda de visión política e histórica. Desde ciertos sectores de la derecha mexicana y estadounidense, el narcotráfico es interpretado exclusivamente como un problema de seguridad nacional para Estados Unidos. Bajo esa lógica, si México no puede resolverlo, Washington tendría legitimidad para invadir.
Esa narrativa ha tomado fuerza desde el regreso de Donald Trump al centro de la política estadounidense y sus recientes amenazas de actuar militarmente contra los cárteles mexicanos. Pero esa visión ignora varios elementos esenciales.
Primero: el narcotráfico no es un fenómeno exclusivamente mexicano. Existe porque funciona como una cadena binacional y transnacional. Hay quien produce, quien financia, quien transporta, quien protege, quien arma, quien introduce la droga a Estados Unidos, quien almacena, quien distribuye, quien vende y quien consume.
También hay corrupción, lavado de dinero y tráfico de armas en ambos lados de la frontera. Incluso la propia presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que Estados Unidos debe asumir responsabilidades sobre el consumo interno y el flujo ilegal de armas hacia México.
Segundo: aceptar la intervención extranjera como salida implica asumir que México ya no tiene capacidad histórica, institucional ni moral para resolver sus propios problemas. Y esa idea resulta profundamente preocupante, no solo políticamente, sino culturalmente.
Tercero. Una eventual intervención estadounidense en territorio mexicano podría tener en un principio la justificación de brindar ayuda (forzada o voluntaria) a México para acabar con el narcotráfico, pero pronto saldrían a relucir las verdaderas intenciones de la intervención.
No parece ser que a Estados Unidos le moleste mucho que su población consuma drogas, pues no ha realizado campañas públicas para desmotivarlo.
Pero lo más importante para México es que sería ingenuo esperar que una vez que los militares estadounidenses acaben con el narcotráfico en México, se retiren pacíficamente.
Sin embargo, el fondo de esta discusión no es solamente el combate al crimen organizado. El fondo es cuánto vale todavía la soberanía para ciertos sectores del país.
No sorprende que desde Washington existan voces intervencionistas; históricamente Estados Unidos ha actuado bajo la lógica de proteger sus intereses estratégicos en la región. Lo verdaderamente inquietante es que existan mexicanos que comiencen a mirar con simpatía o resignación la posibilidad de una intervención extranjera, como si la independencia nacional fuera un valor secundario frente al enojo político interno.
Pareciera que para algunos el rechazo al proyecto político de la llamada Cuarta Transformación ha llegado a un punto donde incluso la soberanía puede relativizarse. Hoy la derecha habla de la soberanía con burla, no desprecio, como si fuera un valor que nos es ajeno.
Pero la verdad es que México nació entre guerras, invasiones, ocupaciones y enormes sacrificios humanos. La independencia, la Reforma y la defensa frente a potencias extranjeras costaron generaciones enteras de sangre, hambre y destrucción. La soberanía mexicana no es un concepto abstracto ni una consigna de gobierno: es una construcción histórica que nunca queda garantizada para siempre. Se defiende todos los días.
Eso no significa cerrar los ojos frente al crimen organizado ni minimizar el sufrimiento que provoca. Significa comprender que la solución debe surgir desde México, con instituciones más fuertes, menos corrupción, mayor justicia y una transformación profunda del sistema político y social. Perfectible, sí. Insuficiente muchas veces, también. Pero propia.
Porque cuando un país deja de creer que puede resolver sus problemas y comienza a esperar que otro venga a hacerlo por él, empieza lentamente a renunciar a sí mismo.
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