Francisco Javier Coello Trejo, el “Fiscal de Hierro” del México represor

Francisco Javier Coello Trejo participa en una conferencia pública sentado junto a Emilio Lozoya Austin, exdirector de Pemex, frente a micrófonos y mesas de exposición.
Francisco Javier Coello Trejo aparece junto a Emilio Lozoya Austin durante una conferencia pública. La imagen sintetiza parte de la compleja relación entre poder político, justicia y figuras emblemáticas del viejo sistema mexicano.

La muerte de Francisco Javier Coello Trejo provocó homenajes, reconocimientos y mensajes de admiración en distintos medios de comunicación y sectores políticos. Muchos lo recordaron como “El Fiscal de Hierro”, un hombre duro, frontal y combativo que, en sus últimos años, se convirtió en una voz severamente crítica de los gobiernos de izquierda y particularmente de la llamada Cuarta Transformación.

Pero la muerte de un personaje público también abre una cruda pregunta: ¿desde qué parte de la historia estamos recordándolo? Porque el problema no es únicamente quién fue Coello Trejo como individuo. El verdadero problema es el tiempo político al que perteneció.

Francisco Javier Coello Trejo ejerció poder en un México muy distinto al actual. Un país donde el presidencialismo dominaba prácticamente todos los espacios institucionales; donde las procuradurías estaban profundamente subordinadas al poder político; donde la oposición enfrentaba enormes desventajas; donde buena parte de los medios de comunicación dependían económica y políticamente del gobierno; y donde denunciar abusos del Estado podía significar poner en riesgo la carrera, la libertad o incluso la vida.

Hablar de ese México es memoria histórica. Durante aquellas décadas, organismos de derechos humanos, periodistas y sectores de oposición denunciaron repetidamente prácticas de represión, tortura, fabricación de delitos, persecución política y corrupción dentro de distintas corporaciones policiacas y judiciales. 

Décadas después, muchas de esas denuncias terminaron encontrando respaldo parcial o total en investigaciones históricas, archivos desclasificados y testimonios acumulados con el paso del tiempo. Es en ese contexto apareció la figura del llamado “Fiscal de Hierro”.

Para algunos sectores conservadores y defensores de la “mano dura”, el apodo de “fiscal de hierro” representaba firmeza y autoridad. Para muchos sectores de izquierda y defensores de derechos humanos, en cambio, el término evocaba otra cosa: el endurecimiento represivo del Estado mexicano.

Esa diferencia es importante porque hoy algunos homenajes parecen querer recordar únicamente al abogado polémico, al crítico del obradorismo o al hombre que confrontó al gobierno obradorista durante la pandemia. Pero al hacerlo, se corre el riesgo de borrar el contexto histórico del que surgió.

Y el contexto importa porque la discusión sobre Coello Trejo nunca fue solamente jurídica. Muchos de los señalamientos que acompañaron su trayectoria ocurrieron en una época donde investigar al propio aparato del Estado era extraordinariamente difícil. 

No había transparencia institucional como la que hoy existe parcialmente; el acceso a la información pública era prácticamente inexistente; las fiscalías concentraban enorme poder; y buena parte del sistema político operaba bajo mecanismos de control que hoy resultarían escandalosos para nuevas generaciones.

Eso no significa convertir automáticamente toda acusación en verdad absoluta. Pero tampoco obliga a fingir que todas las dudas históricas carecían de fundamento simplemente porque nunca desembocaron en sentencias firmes. México conoce demasiado bien las limitaciones de aquella época.

Con el paso de los años, el país descubrió niveles profundos de infiltración criminal en corporaciones policiacas, vínculos entre sectores del poder y el narcotráfico, fabricación de culpables, redes de corrupción institucional y abusos sistemáticos de autoridad. Pretender que las sospechas sobre figuras poderosas surgían únicamente de la imaginación de sus adversarios sería ignorar buena parte de la historia reciente del país.

Por eso el debate alrededor de Coello Trejo no debería centrarse únicamente en su culpabilidad. La discusión también gira sobre qué tipo de Estado representó. Porque Francisco Javier Coello Trejo terminó convertido en símbolo de un México donde la justicia y el poder político frecuentemente caminaban demasiado cerca uno del otro.

Quizá por eso su memoria sigue dividiendo. No todos recuerdan aquellos años desde el mismo lugar. Hay quienes recuerdan estabilidad, autoridad y combate frontal al crimen. Pero también hay quienes recuerdan miedo, arbitrariedad, silencios obligados y un sistema donde enfrentarse al poder podía tener consecuencias devastadoras.

Reducir esa historia a un homenaje acrítico sería empobrecer la memoria nacional, porque olvidar el contexto histórico de personajes como Coello Trejo no ayudaría a comprender el México que existió, sino únicamente a maquillarlo.

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