De las plazas a los 800 millones: las narrativas que buscan desgastar a la Cuarta Transformación

Megáfono en primer plano proyectando titulares difusos relacionados con polémicas políticas, mientras al fondo se observa una escuela pública mexicana y varios niños entrando a clases. La escena representa el contraste entre el ruido mediático y la realidad educativa
Un megáfono proyecta titulares y versiones que dominan el espacio público, mientras al fondo una escuela pública mexicana continúa su actividad cotidiana. La imagen simboliza la tensión entre las narrativas políticas y la realidad de la educación.

La reciente polémica sobre los supuestos 800 millones de pesos entregados a la Sección 22 de la CNTE permite observar un fenómeno que se ha vuelto recurrente en la vida pública mexicana: la construcción de narrativas políticas que, aunque carecen de pruebas concluyentes, logran instalar dudas en la opinión pública.

Durante las semanas de movilización magisterial, diversos actores políticos, comentaristas y usuarios en redes sociales comenzaron a difundir la versión de que el gobierno federal habría entregado 800 millones de pesos a la CNTE para que levantara la huelga. La acusación era grave. No se trataba simplemente de una discusión presupuestal, sino de la insinuación de un acuerdo político opaco entre el gobierno y una organización sindical.

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió de manera directa. Explicó que esos recursos no fueron entregados al sindicato, sino que corresponden a partidas destinadas a la educación pública en Oaxaca. 

La mandataria aclaró que se trata de recursos orientados a plazas docentes, equipamiento escolar, infraestructura y otras necesidades educativas definidas mediante mecanismos institucionales, no mediante transferencias a la dirigencia sindical.

La aclaración obliga a distinguir entre dos asuntos distintos. El primero es administrativo: quién recibe y ejerce los recursos. El segundo es político: si la movilización influyó o no para que determinadas necesidades educativas fueran atendidas. Confundir ambas cosas conduce a conclusiones equivocadas.

Sin embargo, la rapidez con la que se difundió la versión del supuesto “soborno” no fue casual. Para comprenderlo es necesario mirar el contexto histórico.

Durante décadas, especialmente bajo los gobiernos del PRI y posteriormente del PAN, la relación entre el Estado y diversas organizaciones corporativas se caracterizó por negociaciones en las que recursos, plazas, beneficios y programas podían gestionarse a través de estructuras sindicales o de intermediación política. Esa práctica formó parte de una cultura política que marcó profundamente la vida pública nacional.

Precisamente contra esa lógica se construyó buena parte del proyecto de la Cuarta Transformación. Desde 2018, uno de sus principios más repetidos ha sido la eliminación de intermediarios y la entrega directa de los recursos públicos a sus beneficiarios. Las pensiones para adultos mayores, las becas estudiantiles y múltiples programas sociales fueron presentados bajo esa lógica.

Por ello, afirmar que el gobierno federal entregó 800 millones de pesos a la CNTE implica mucho más que cuestionar una decisión administrativa. Significa acusar al gobierno de romper uno de los compromisos políticos que más ha utilizado para diferenciarse de los regímenes anteriores. No es una acusación menor.

Lo mismo ocurrió cuando algunos sectores afirmaron que el gobierno había cedido el control de las plazas docentes al sindicato. La narrativa se difundió ampliamente pese a que las autoridades sostuvieron que los mecanismos de asignación permanecían bajo control institucional. En ambos casos aparece el mismo patrón: presentar cualquier diálogo o acuerdo con el magisterio como una supuesta restauración de las prácticas corporativas del pasado.

La pregunta legítima es: ¿existen pruebas de ello? Hasta ahora no se ha presentado evidencia pública que demuestre que los 800 millones de pesos fueron entregados al sindicato para que levantara la huelga. Tampoco se ha documentado una transferencia de esos recursos a cuentas controladas por la organización sindical.

Existe además un dato revelador. Si esos recursos hubieran sido una conquista obtenida por la movilización, cabría esperar que la propia CNTE los hubiera presentado como uno de los grandes logros del paro. Los movimientos sociales suelen destacar públicamente sus victorias más importantes. Sin embargo, en los balances difundidos por el sindicato tras el levantamiento de la movilización, la cifra de 800 millones para infraestructura y necesidades educativas no apareció como una de sus principales banderas de triunfo.

Y aun si hubiera sido resultado de una gestión exitosa en favor de la educación oaxaqueña, difícilmente habría representado un daño político para alguna de las partes. El gobierno habría podido señalar que atendió necesidades históricas de las escuelas; los estudiantes habrían recibido beneficios concretos; y el sindicato habría podido reivindicar una acción orientada a mejorar las condiciones educativas de la entidad.

Lo que observamos entonces no es solamente una discusión sobre recursos públicos. Estamos frente a una disputa por el significado político de los hechos.

De cara a las elecciones intermedias y, sobre todo, rumbo a 2030, es previsible que esta clase de narrativas se multipliquen. La oposición enfrenta el desafío de construir una alternativa política capaz de competir con un movimiento que conserva una importante base social. En ese contexto, la tentación de presentar como escándalo aquello que no ha podido demostrarse puede resultar atractiva desde el punto de vista electoral.

La crítica al gobierno es necesaria en toda democracia. Lo que resulta problemático es sustituir la crítica basada en hechos por un paquete propagandístico lleno de mentiras.

La discusión pública mexicana necesita más pruebas y menos insinuaciones. Porque cuando las narrativas sustituyen a los hechos, la democracia deja de debatir sobre la realidad y comienza a debatir sobre percepciones cuidadosamente construidas.

Y esa práctica, más que fortalecer el debate público, termina erosionándolo.

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