
Cada vez que escucho un estadio entero gritar “¡Sí se puede!”, algo me incomoda.
Sé que muchos lo consideran un grito de esperanza. Sé que busca levantar el ánimo del equipo. Pero, si nos detenemos un momento a pensar qué estamos diciendo, descubriremos que quizá refleja un problema más profundo.
¿Por qué necesitamos convencernos de que podemos? ¿Por qué un equipo debe repetirse a sí mismo que es capaz de ganar? Las grandes selecciones del mundo rara vez recurren a expresiones semejantes. No porque sean arrogantes, sino porque parten de una convicción distinta: pertenecen a ese nivel. Pueden ganar o perder, pero nunca ponen en duda su capacidad para ganar campeonatos.
Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la mentalidad. En México hemos incorporado expresiones como “Sí se puede” y, más recientemente, “¿Y si sí?”. Pero ambas ambas expresiones nacen del mismo lugar: la esperanza, la ilusión, el sueño. Pero en el fondo nacen de la duda de nuestra capacidad.
El Sí se puede intenta vencer la duda. El ¿Y si sí? intenta desafiarla. Pero las dos parten de aceptar que existe. Y ahí es donde vale la pena reflexionar.
Un equipo no se convierte en grande el día que gana un campeonato. Primero desarrolla una mentalidad de grandeza. Después llegan los resultados. No se trata de salir a la cancha pensando que somos mejores que el rival. Eso sería soberbia. Se trata de dejar de pensar que el rival es mejor por definición.
Cuando México enfrenta a una selección europea, muchas veces pareciera que el partido comienza antes del silbatazo inicial. Basta escuchar el nombre del adversario para que aparezcan frases como: “Es Francia”, “Es Alemania”, “Es Inglaterra”.
Pocas veces hacemos el ejercicio contrario. ¿Quién es su portero?, ¿Cómo está su defensa, ¿Su mediocampo realmente supera al nuestro?, ¿Sus delanteros atraviesan un mejor momento? Lo que generalmente sucede es que antes del análisis ya aceptamos una supuesta superioridad. Y esa puede ser la primera derrota.
Reconocer los méritos del rival es indispensable. Idealizarlo es otra cosa. Francia, Alemania o Inglaterra no juegan con dos cabezas ni con tres piernas. Sus futbolistas entrenan, se equivocan, se lesionan, sienten presión y también pierden. Son excelentes equipos, sí, pero siguen siendo once jugadores frente a otros once.
Ecuador lo demostró ante Alemania, Cabo Verde al empatar con España, República Democrática del Congo empató con Portugal, Brasil no pudo vencer a Marruecos. Por eso quizá el cambio que necesita nuestro deporte no comienza en una cancha, ni en el vestidor, ni en un centro de alto rendimiento. Comienza en el lenguaje. En las palabras revelan la manera en que pensamos.
Quien necesita repetirse “sí se puede” todavía busca convencerse. Quien pregunta “¿y si sí?” todavía siente que el triunfo pertenece al terreno de los sueños improbables.
La mentalidad de un ganador es distinta. No sale al campo repitiéndose que puede ganar. Sale a ganar. No sueña con la posibilidad de competir. Compite. No pide permiso para pertenecer a la élite. Trabaja para permanecer en ella.
Quizá algún día dejemos de cantar “Sí se puede”. Quizá un día dejemos de soñar con el ¿Y si sí? No porque nos falte entusiasmo, sino porque ya no lo necesitaremos. Ese día no significará que México gane todos los partidos. Significará que hemos dejado de conceder la victoria antes de que ruede el balón.










