
La victoria de la selección mexicana frente a Ecuador regaló una noche de orgullo nacional. Millones de personas salieron a las calles para celebrar un triunfo que alimenta la ilusión de todo un país. Ver familias reunidas, banderas ondeando y caravanas recorriendo las ciudades es parte de la esencia del deporte.
Sin embargo, la celebración dejó también una noticia que nadie hubiera querido leer: cuatro personas perdieron la vida durante los festejos. No murieron por un gol. No murieron por el futbol. Murieron porque, en algún momento, la alegría dejó de caminar de la mano de la prudencia.
El deporte despierta emociones intensas. Nos hace abrazar a desconocidos, cantar el himno con orgullo y sentir que, por unas horas, todos pertenecemos al mismo equipo. Esa capacidad de unirnos es una de sus mayores virtudes. Pero ninguna victoria justifica poner en riesgo la propia vida o la de los demás.
Con frecuencia, el alcohol aparece como compañero de las grandes celebraciones. Consumido con responsabilidad, forma parte de las decisiones personales de muchos adultos. El problema comienza cuando la euforia y el exceso se alimentan mutuamente. Entonces llegan las carreras a alta velocidad, las peleas, las imprudencias y las decisiones que unos minutos antes probablemente nadie habría tomado.
No es casualidad que tantas tragedias ocurran precisamente cuando todos creen que nada malo puede pasar. Quizá como sociedad necesitamos aprender una nueva forma de celebrar. Una celebración donde la emoción no desaparezca, pero tampoco desaparezca el sentido común. Donde el orgullo por la selección se exprese con cantos, abrazos y convivencia, no con conductas que puedan terminar en hospitales, cárceles o funerales.
México necesita una mentalidad ganadora dentro de la cancha. Pero también fuera de ella. Una sociedad madura no sólo sabe ganar. También sabe celebrar.
Porque el verdadero triunfo no consiste únicamente en que la selección avance a la siguiente ronda. El triunfo completo es que, al terminar la fiesta, todos podamos volver sanos y salvos a casa para seguir soñando con el siguiente partido.
La mejor celebración siempre será aquella en la que, al día siguiente, lo único que quede sean los buenos recuerdos.










