
Su contribución a la democratización de México merece reconocimiento. Pero su distanciamiento frente a López Obrador también puede leerse desde las derrotas, las decisiones y las emociones que acompañaron la pérdida de su liderazgo.
Cuauhtémoc Cárdenas ocupa un lugar propio en la historia democrática de México. En 1988 contribuyó a abrir una posibilidad nacional de gobierno para una izquierda que buscaba representar a los sectores marginados y desplazados. En esa convergencia confluyeron distintas raíces: el nacionalismo popular del gobierno de Lázaro Cárdenas, las luchas obreras y campesinas de las décadas siguientes, el movimiento estudiantil de 1968 y la izquierda socialista y comunista que había sostenido durante años la organización y la participación política frente al predominio priista.
La ruptura de la Corriente Democrática con el PRI y el respaldo de organizaciones de izquierda —entre ellas el Partido Mexicano Socialista, cuyo candidato Heberto Castillo retiró su candidatura para apoyarlo— hicieron posible aquella confluencia. El mérito de Cárdenas fue contribuir a reunir esas fuerzas y convertirlas en un desafío nacional al régimen.
Reconocerlo no exige considerar igualmente acertadas todas sus decisiones posteriores. Los protagonistas de la historia también conocen rivalidades, frustraciones y dificultades para aceptar que otro dirigente encabece la etapa siguiente. Desde ahí puede formularse una lectura de su distancia frente a la Cuarta Transformación: quizá pesaron más su relación con Andrés Manuel López Obrador y la experiencia de haber perdido centralidad que los desacuerdos programáticos que expresó públicamente.
Esta interpretación de la historia política reciente se basa en cómo se articula una secuencia de hechos, pero no pretendemos atribuirle una declaración que nunca hizo. Por lo tanto lo que aquí presento es una hipótesis, n9 una colección de declaraciones.
El debate presidencial de 1994 forma parte de esa secuencia de hechos. Diego Fernández de Cevallos fue ampliamente percibido como vencedor del encuentro. Cárdenas, cuya autoridad provenía de su trayectoria y de la movilización de 1988, encontró dificultades para imponerse en aquella confrontación televisada. No perdió por ello toda su fuerza, como mostraría su victoria en la capital en 1997, pero quedó una marca: su estatura histórica no garantizaba superioridad como candidato nacional.
La elección de 2000 dejó otra marca pero más profunda. Vicente Fox encabezó la alternancia presidencial que Cárdenas había contribuido a volver posible. El dirigente de izquierda que desafió al régimen en 1988 vio cómo un candidato de derecha capitalizaba el deseo de sacar a otro partido de derecha, al PRI, de Los Pinos.
Estos episodios no causaron automáticamente su apartamiento de la competencia presidencial, pues en 2005 todavía contempló otra candidatura pero en julio decidió no disputar la nominación del PRD. Sin embargo esos episodios sí modificaron las condiciones en que llegó a ese momento. Sí Cárdenas hubiera resultado fortalecido en 1994 y más competitivo en 2000 habría tenido mayor capacidad para conservar apoyos y disputar la conducción de la izquierda. López Obrador habría encontrado un liderazgo más difícil de desplazar.
El tabasqueño construyó su propia fuerza, pero también ocupó un espacio que el desgaste electoral de Cárdenas había ampliado. Más adelante López Obrador alcanzó la Presidencia, lo que para el fundador del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas, podía significar perder algo más que una candidatura: dejar de ser quien señalaba el porvenir de la izquierda.
Otro hecho en esta secuencia: la aceptación de un encargo de Vicente Fox en junio de 2006 resulta especialmente significativa. Cárdenas aceptó la coordinación de la comisión para las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución para el gobierno de Fox. La Jornada informó entonces que había consultado a los cinco candidatos presidenciales, incluido López Obrador, y que ninguno objetó su participación.
Ese contexto importa, como también importa lo que siguió: después de la elección, mientras el movimiento lopezobradorista denunciaba fraude y cuestionaba el papel de Fox, Cárdenas permaneció varios meses en el encargo panista. Presentó su renuncia hasta el 8 de noviembre, argumentando que su presencia no favorecía el ambiente de pluralidad requerido.
Asumir una responsabilidad conmemorativa podía entenderse como un servicio al Estado encabezado por el PAN. Sin embargo, políticamente llama la atención su disposición a colaborar con un presidente situado en la derecha y su creciente distancia del dirigente proveniente de su propio campo. No demuestra por sí sola una motivación emocional, pero sí vuelve insuficiente explicar todos sus desencuentros como diferencias ideológicas.
López Obrador reconocía la delicadeza del relevo. En julio de 2005 afirmó: «no me voy a pelear con la historia». La expresión reconocía la importancia de Cárdenas y, al mismo tiempo, evitaba un choque abierto entre su liderazgo ascendente y el referente histórico de Cárdenas. La frase «Me le atravesé al ingeniero», atribuida a López Obrador en un testimonio periodístico recogido por Álvaro Delgado, expresa con mayor crudeza esa competencia por el camino presidencial.
Años después, el cuestionamiento de Cárdenas sobre la ausencia de un proyecto de nación en la 4T permite profundizar esta lectura. Había un rumbo identificable: programas sociales, recuperación salarial, mayor intervención estatal y soberanía energética, sin embargo Cárdenas declaró que no veía un proyecto de nación en la Cuarta Transformación. Podía discutirse su profundidad, coherencia o eficacia, pero negarle la condición de proyecto evitaba entrar en esa discusión concreta.
La crítica habría ganado fuerza mediante una comparación sostenida: hubiera servido a la discusión política exponer qué proponía Cárdenas, qué proponía López Obrador y por qué una orientación serviría mejor al país que la otra. Cárdenas tenía ideas y propuestas propias; lo que no resultaba suficientemente explicado era por qué esas diferencias justificaban desconocer el proyecto del otro.
El anuncio de Cárdenas de su voto por Claudia Sheinbaum en 2024 introduce un matiz indispensable. Impide describirlo como enemigo uniforme de todo el movimiento y es compatible con la hipótesis de que una parte importante del desencuentro no era con la Cuarta Transformación sino que se concentraba en López Obrador.
Nuestra lectura es que las diferencias políticas estuvieron profundamente atravesadas por la experiencia subjetiva del desplazamiento. Cárdenas buscaba un liderazgo nacional que fue arrebatado por López Obrador. La frustración, el orgullo herido o incluso cierto resentimiento son explicaciones posibles de la dureza de algunos juicios que lo distanciaban del movimiento emergente.
Sin embargo, nada de ello disminuye su contribución histórica al arribo de la izquierda al poder, pero entendió que no era el momento de arribar a la presidencia, pues él mismo declaró que tenía información de que de hacerlo, sería inminente una invasión estadounidense, y decidió esperar a que las condiciones objetivas y subjetivas del país permitieran un giro a la izquierda en el gobierno del país.
Precisamente eso explica que quien abrió cauces decisivos para el cambio, podía tener dificultades para aceptar que otro los recorriera hasta alcanzar la Presidencia.
Cárdenas merece reconocimiento por lo que hizo posible, sin él, el triunfo de la Cuarta Transformación no hubiera sido posible. Pero eso no lo exime de un examen crítico por sus decisiones posteriores. Su grandeza histórica no lo colocó fuera de las pasiones humanas.










