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La Iglesia pide a las Fuerzas Armadas defender la fe: una frase que merece explicación

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Fachada de la Catedral Metropolitana de México, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
La Catedral Metropolitana de México. Desde este recinto se elevó una oración por las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional en la que se pidió que, además de proteger a la nación, puedan “defender con la misma lealtad la fe en la cual han sido bautizados”.

Desde la Catedral Metropolitana de México se hizo este domingo una oración por el país, por sus autoridades y, de manera especial, por quienes integran las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional. En vísperas de las fiestas patrias, el propósito general de la plegaria difícilmente podría resultar objetable: pedir que México alcance la justicia, la fraternidad y la paz.

Pero dentro de aquella oración apareció una frase que no puede pasar inadvertida. Al pedir por los alumnos del Heroico Colegio Militar y por los integrantes de la Secretaría de la Defensa Nacional, la Secretaría de Marina y la Guardia Nacional, se rogó para que, “protegiendo con honestidad y sabiduría la nación encomendada, puedan defender con la misma lealtad la fe en la cual han sido bautizados”.

Las palabras fueron atribuidas por Excélsior a la oración contenida en el misal. La frase puede tener una interpretación perfectamente religiosa: que los militares católicos sean fieles a la fe recibida en el bautismo. Pero eso no elimina una pregunta: ¿es “defender la fe” la expresión más prudente que puede utilizar la Iglesia cuando se dirige precisamente a instituciones armadas?

Las Fuerzas Armadas no defienden una fe

Las Fuerzas Armadas mexicanas defienden a la nación y sirven al Estado mexicano. No defienden el catolicismo ni ninguna otra religión.

Entre sus integrantes hay católicos, evangélicos, creyentes de otras religiones y personas sin adscripción religiosa. Todos portan el mismo uniforme y tienen exactamente la misma obligación frente a la República.

Por eso sería injusto interpretar la oración de Catedral como una convocatoria a utilizar las armas para defender el catolicismo, pues literalmente no dijo eso, pero tampoco debemos fingir que las palabras carecen de significado.

En una misma formulación aparecen militares, defensa de la nación, lealtad y defensa de la fe. Y la Iglesia católica tiene razones históricas particularmente profundas para mantener esas categorías cuidadosamente separadas.

Una historia que la propia Iglesia ha reconocido

Durante siglos, la relación entre cristianismo y poder militar fue mucho más estrecha que actualmente. Hubo papas que convocaron cruzadas, autoridades eclesiásticas que otorgaron legitimación religiosa a campañas militares y épocas en las que se bendijeron combatientes, estandartes y armas. 

La guerra llegó incluso a adquirir, en determinadas circunstancias, significado religioso, pero sería injusto utilizar esos hechos para afirmar que la Iglesia actual es la misma institución guerrera de determinados periodos medievales. Ha ocurrido una profunda evolución en su pensamiento sobre la guerra y la paz.

La propia Iglesia ha reconocido las sombras de aquella historia. Durante el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II encabezó una histórica Jornada del Perdón. Allí pidió perdón por pecados cometidos por cristianos a lo largo de la historia y reconoció expresamente el uso de la violencia que algunos hicieron al servicio de la verdad. Aquel momento fue denominado una “purificación de la memoria”.

Precisamente por eso la memoria importa. No tendría sentido reconocer que en otros momentos se confundieron peligrosamente fe y violencia para después considerar irrelevante el lenguaje con el que hoy se relacionan nuevamente fe, Fuerzas Armadas y defensa.

Pedir por los militares sí; convertir su misión en religiosa, no

No existe contradicción necesaria entre pedir por las Fuerzas Armadas y pedir por la paz. México enfrenta organizaciones criminales que asesinan, secuestran, extorsionan, reclutan jóvenes y someten comunidades. Quienes desde las instituciones del Estado tienen la responsabilidad de proteger a la población merecen que una comunidad religiosa pida por su vida, por su integridad y también por su conciencia.

Incluso desde la doctrina católica, la paz no significa necesariamente pasividad frente al agresor. La Iglesia admite la legítima defensa y reconoce la responsabilidad de las autoridades de proteger al inocente.

Precisamente por ello habría sido particularmente poderosa una oración que pidiera que nuestros militares defendieran la vida sin abusar de la fuerza; que jamás torturaran ni ejecutaran; que respetaran la dignidad del detenido; que protegieran a las víctimas; que actuaran con honestidad y que regresaran con vida a sus hogares.

Eso sería colocar la fe frente al poder de las armas como conciencia moral. Pero lo que ocurrió fue logo muy distinto: la Iglesia afirmó que quienes tienen encomendadas las armas de la República poseen también una misión de “defensa” de la fe.

No porque la Catedral haya llamado a una cruzada, pues no lo hizo, sino porque la Iglesia conoce mejor que nadie lo que puede ocurrir cuando la defensa de Dios, de la patria y de la fe comienza a compartir el mismo vocabulario que la defensa armada.

La memoria debe servir para algo

La Iglesia tiene legitimidad para hablar de paz, como también la tiene para pedir por los soldados. Y tiene derecho a recordar a los católicos que pertenecen a las Fuerzas Armadas que su uniforme no cancela las exigencias de su fe, pero precisamente su historia le impone una responsabilidad adicional.

Un militar católico puede defender su fe viviéndola: respetando al enemigo rendido, protegiendo al inocente, rechazando una orden criminal, respetando los derechos humanos y reconociendo incluso en el delincuente una dignidad que nadie puede arrebatarle.

En ese sentido, su fe puede acompañarlo cuando porta un arma. Pero lo que nunca debe ocurrir es que el arma se convierta en instrumento para defender su fe.

Quizá eso no fue lo que quiso decir la oración pronunciada en Catedral. Sería irresponsable afirmar que lo fue, pero justamente porque las palabras fueron otras —“defender con la misma lealtad la fe”— vale la pena pedir claridad.

La Iglesia realizó hace un cuarto de siglo una purificación de la memoria respecto de episodios en los que los cristianos utilizaron la violencia al servicio de aquello que consideraban verdadero. Esa memoria no debería permanecer en los documentos, sino que debería escucharse también en las palabras con las que hoy la Iglesia habla a quienes portan las armas de la nación.

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