
Aunque parecen ser casos aislados, las amenazas de denunciar a otro hispano ante las autoridades migratorias durante conflictos cotidianos revelan un fenómeno: el deterioro de la confianza y de la cohesión comunitaria.
Recientemente en Estados Unidos ha habido incidentes donde latinos, amenazan a otros latinos con llamar al ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) durante discusiones cotidianas, choques viales o por problemas de tráfico con autos descompuestos. Utilizan el miedo a la deportación como arma de intimidación entre miembros de la misma comunidad.
Ese fenómeno ha sido documentado en distintos lugares de Estados Unidos y refleja un cambio preocupante: la amenaza de denunciar a alguien ante ICE ha pasado de ser una herramienta de aplicación de la ley a convertirse, en algunos casos, en un mecanismo de intimidación cotidiana.
No parece tratarse de un comportamiento generalizado de la comunidad hispana, pero sí de un patrón suficientemente visible como para que medios de comunicación, abogados de inmigración y organizaciones civiles hayan llamado la atención sobre él. Se han difundido casos en los que, durante discusiones vecinales, conflictos de tránsito, disputas laborales o altercados en comercios, una persona amenaza con “llamar a ICE” para infundir miedo, independientemente de que realmente tenga intención o capacidad de hacerlo.
Este tipo de amenazas funciona porque existe un contexto de temor real. Diversos estudios muestran que muchos inmigrantes latinos han modificado su conducta por miedo a acciones migratorias: algunos evitan denunciar delitos, acudir a espacios públicos o incluso hablar español en determinados lugares. Ese clima convierte la simple mención de ICE en un instrumento de presión psicológica.
Desde el punto de vista sociológico, es un fenómeno conocido: cuando una comunidad vive bajo una presión intensa, el miedo puede terminar reproduciéndose dentro de la propia comunidad. En lugar de que la amenaza provenga únicamente de la autoridad, algunos individuos la utilizan para obtener ventaja en conflictos personales. Es un mecanismo comparable, en su lógica, a amenazar con denunciar falsamente a alguien ante Hacienda, la policía o servicios de protección infantil, aunque en este caso la deportación hace que el impacto emocional sea mucho mayor.
También han aparecido casos aún más graves en los que personas se hicieron pasar por agentes de ICE o utilizaron esa identidad para acosar, extorsionar o intimidar a inmigrantes y latinos, lo que ha dado lugar a arrestos por usurpación de funciones y otros delitos.
En consecuencia, el fenómeno no consiste únicamente en que el gobierno ejerza la política migratoria. También está produciendo un efecto social secundario: el miedo a la deportación puede deteriorar la confianza entre vecinos, compañeros de trabajo e incluso entre miembros de una misma comunidad hispana, cuando algunos recurren a esa amenaza como arma en conflictos que originalmente nada tenían que ver con la inmigración.
Aunque los casos conocidos parecen ser aislados y no representan el comportamiento de la mayoría de los latinos en Estados Unidos, sí ponen de manifiesto un fenómeno social preocupante: el uso del miedo a la deportación como instrumento de intimidación entre miembros de una misma comunidad. Cuando esto ocurre, refleja un debilitamiento de la solidaridad y de la cohesión comunitaria, pues una vulnerabilidad compartida deja de ser motivo de apoyo mutuo para convertirse en un recurso utilizado en conflictos personales.
La investigación sociológica sobre inmigración en Estados Unidos muestra que otras comunidades sí han desarrollado niveles particularmente altos de cohesión social, aunque esto no significa que carezcan de conflictos internos. La diferencia está en la fortaleza de sus redes de apoyo, de sus instituciones y en las normas culturales de cooperación.
Entre los casos más estudiados están:
La comunidad judía. Probablemente es uno de los ejemplos más claros de fuerte cohesión institucional. Cuenta con una extensa red de escuelas, sinagogas, organizaciones de beneficencia, hospitales, fondos de ayuda y asociaciones profesionales. Esa infraestructura favorece la ayuda mutua y la defensa de intereses comunes, aunque, por supuesto, existen profundas diferencias políticas y religiosas dentro de la propia comunidad.
La comunidad china. Históricamente ha construido redes muy sólidas de asociaciones regionales, cámaras de comercio, organizaciones familiares y de ayuda a nuevos inmigrantes. Los “Chinatowns” surgieron, en parte, como mecanismos de protección frente a la discriminación.
La comunidad india. Ha desarrollado asociaciones profesionales, culturales y religiosas muy activas. Los vínculos creados alrededor de templos, organizaciones regionales (por estado de origen en India) y redes empresariales han facilitado la movilidad económica de muchos de sus integrantes.
Algunas comunidades coreanas. También son conocidas por la fortaleza de sus iglesias, asociaciones de comerciantes y mecanismos informales de financiamiento comunitario, que han permitido a muchas familias establecer negocios.
En contraste, la comunidad latina presenta un desafío particular: en realidad no constituye una sola comunidad.
Bajo la etiqueta “latino” conviven mexicanos, puertorriqueños, cubanos, salvadoreños, dominicanos, colombianos, venezolanos, guatemaltecos, hondureños y muchos otros grupos.
Cada uno tiene historias migratorias, niveles socioeconómicos, preferencias políticas y experiencias muy distintas. Incluso dentro de una misma nacionalidad existen diferencias regionales, generacionales y de estatus migratorio.
Eso dificulta que exista una cohesión comparable a la de comunidades más pequeñas o más homogéneas. Además, la población latina es mucho más numerosa y geográficamente dispersa.
Hay otro factor interesante. Los sociólogos distinguen entre cohesión interpersonal y cohesión institucional. Una comunidad puede tener personas muy solidarias entre sí, pero pocas organizaciones capaces de articular esa solidaridad a gran escala. En este sentido, varias comunidades asiáticas y la comunidad judía suelen destacar por la fortaleza de sus instituciones, mientras que la comunidad latina ha dependido más de la familia extensa, las parroquias, algunas iglesias evangélicas y organizaciones locales, que no siempre están coordinadas entre sí.
Por ello, si uno compara comunidades inmigrantes en Estados Unidos, sí encuentra diferencias en el grado de cohesión, Para comprender esa diferencia en el nivel de cohesión habría que considerar factores como la antigüedad del asentamiento, el tamaño y la diversidad interna del grupo, el nivel educativo y económico promedio, la existencia de instituciones comunitarias fuertes, el grado de discriminación experimentado y el perfil de la migración, es decir, por refugio, por trabajo, por reunificación familiar o por educación).
Así, la mayor cohesión observada en algunas comunidades parece explicarse más por su organización institucional y su historia migratoria que por una característica cultural intrínseca.










