
La toma de protesta de Keiko Fujimori reavivó un debate poco frecuente en México: ¿por qué un presidente peruano puede jurar frente a un crucifijo y sobre la Biblia sin que ello genere una gran controversia? La respuesta está en la historia, la Constitución y la relación particular que Perú mantiene entre el Estado y la Iglesia.
La toma de posesión de la presidenta Keiko Fujimori llamó la atención de muchos mexicanos. La imagen de la mandataria jurando con la mano sobre la Biblia, frente a un crucifijo, y la posterior protesta de los integrantes de su gabinete frente a los Evangelios contrastó con la tradición política mexicana, donde la separación entre el Estado y las iglesias ha marcado la vida pública durante más de siglo y medio.
Sin embargo, en Perú aquellas escenas apenas provocaron sorpresa. ¿Por qué? La respuesta no está únicamente en las creencias personales de la presidenta, sino en la propia historia del Estado peruano.
Durante buena parte de su vida republicana, Perú fue un Estado de profunda tradición católica. Esa influencia quedó reflejada en sus constituciones, en sus ceremonias oficiales y en la manera en que las instituciones públicas se relacionaban con la Iglesia. Aunque el país ha evolucionado hacia un régimen de libertad religiosa y pluralismo confesional, buena parte de ese legado permanece vigente.
La Constitución peruana reconoce la libertad de culto, pero también afirma que la Iglesia católica ha desempeñado un papel importante en la formación histórica, cultural y moral del país. Además, el Estado mantiene una relación de cooperación con la Iglesia católica y, al mismo tiempo, puede establecer vínculos con otras confesiones religiosas.
Esa diferencia jurídica ayuda a comprender por qué en Perú resulta natural que una ceremonia de Estado incorpore símbolos religiosos sin que necesariamente se interprete como una ruptura del principio de laicidad.
México, en cambio, recorrió un camino distinto. Las Leyes de Reforma del siglo XIX y la Constitución de 1917 establecieron una separación mucho más estricta entre el poder civil y las instituciones religiosas. Por ello, la presencia de un crucifijo o de una Biblia en un acto oficial suele generar un debate que en Perú apenas existe.
Todo esto no significa que Perú sea hoy un Estado confesional. La sociedad peruana ha cambiado profundamente. El crecimiento de las iglesias evangélicas, el avance del pluralismo religioso y la secularización de parte de la población han reducido el monopolio cultural que durante siglos tuvo la Iglesia católica.
Hoy millones de peruanos pertenecen a iglesias protestantes, especialmente pentecostales y neopentecostales, mientras que otros se identifican con diversas expresiones cristianas o con ninguna religión.
Sin embargo, el Estado conserva muchos elementos protocolarios heredados de su historia. La tradicional Misa y Te Deum, los juramentos con referencias a Dios, los crucifijos presentes en algunos recintos oficiales y el reconocimiento constitucional de la Iglesia católica forman parte de esa continuidad institucional.
La pregunta entonces es inevitable: ¿esos símbolos representan una influencia política actual o son simplemente una herencia histórica? Probablemente ambas cosas.
Por una parte, expresan una tradición que sigue teniendo presencia jurídica y ceremonial. La Iglesia católica continúa siendo un interlocutor reconocido por el Estado y mantiene una importante presencia social mediante escuelas, universidades, hospitales, obras asistenciales y pronunciamientos sobre asuntos públicos.
Pero, por otra, su capacidad para determinar el rumbo político del país es muy distinta a la de décadas anteriores. Las elecciones peruanas se deciden principalmente por cuestiones como la seguridad, la economía, la corrupción o la estabilidad institucional, más que por la postura religiosa de los candidatos.
La Iglesia conserva influencia, pero ya no monopoliza la vida pública. Quizá la mejor forma de entender el caso peruano sea distinguir entre memoria histórica e influencia política. Los símbolos religiosos que acompañan las ceremonias oficiales son, en gran medida, una expresión de la historia del país. Al mismo tiempo, recuerdan que la Iglesia católica sigue ocupando un lugar singular dentro de la organización institucional peruana.
No obstante, la sociedad peruana de hoy es mucho más diversa que la que dio origen a esos protocolos. Por ello, la escena de una presidenta jurando sobre la Biblia frente a un crucifijo puede interpretarse de dos maneras simultáneas: como la continuidad de una tradición estatal de raíces católicas y como el reflejo de un país donde la religión sigue teniendo presencia pública, aunque ya no el poder determinante que ejerció durante buena parte de su historia.
Más que una excepción latinoamericana, Perú muestra que la relación entre el Estado y las iglesias no ha seguido un único camino en la región. Mientras algunos países, como México, optaron por una separación más estricta, otros conservaron fórmulas de cooperación institucional que todavía hoy forman parte de su identidad política.










