La inteligencia artificial ya forma parte de la vida de muchos adolescentes. El reto es aprender a convivir con ella

Grupo de adolescentes trabaja con computadoras portátiles y teléfonos inteligentes en una biblioteca escolar mientras utiliza herramientas digitales para estudiar.
Cada vez más adolescentes incorporan herramientas de inteligencia artificial a sus actividades escolares. El desafío no es evitar su uso, sino aprender a utilizarlas para fortalecer el aprendizaje y no sustituir el pensamiento propio.

Hace unos años, cuando un estudiante tenía una duda, abría un libro, preguntaba al maestro o buscaba en internet hasta encontrar una respuesta.

Hoy el camino puede ser mucho más corto. Basta escribir una pregunta en una aplicación de inteligencia artificial y, en pocos segundos, aparece una explicación, un resumen o incluso un texto completo.

Aunque todavía no existen estudios amplios que nos permitan saber cómo utilizan estas herramientas los adolescentes mexicanos, investigaciones realizadas en otros países muestran que su uso ya forma parte de la vida cotidiana de muchos jóvenes. Todo indica que México avanza en la misma dirección, simplemente porque las mismas aplicaciones están disponibles para millones de estudiantes.

¿Cómo cambiará la forma de aprender, de pensar y de relacionarse de las nuevas generaciones?

La inteligencia artificial puede convertirse en una gran aliada del aprendizaje. Puede explicar un tema complicado, ayudar a practicar otro idioma, proponer ejercicios o despertar la curiosidad por conocer más.

Para muchos estudiantes puede representar una oportunidad de aprender de una manera más personalizada que la que permite un salón de clases con decenas de alumnos.

Pero, como ocurre con cualquier herramienta poderosa, también aparecen nuevos desafíos. Uno de ellos consiste en distinguir entre aprender y simplemente obtener respuestas.

Resolver una tarea no siempre significa haber comprendido un tema. Si el estudiante deja que la inteligencia artificial haga el trabajo por él de manera permanente, corre el riesgo de desarrollar una dependencia que empobrezca habilidades como leer con atención, escribir, argumentar o resolver problemas por sí mismo.

No es un problema exclusivo de la inteligencia artificial. Hace años ocurrió algo parecido con las calculadoras. Después con internet. Más tarde con los teléfonos inteligentes. Cada avance tecnológico obligó a redefinir qué habilidades seguían siendo indispensables desarrollar en las personas.

La diferencia es que ahora la tecnología ya no sólo busca información: también conversa, redacta, resume, traduce, organiza ideas e incluso propone soluciones. Eso cambia la relación entre las personas y el conocimiento.

Frente a este panorama, probablemente el desafío no consista en frenar el avance tecnológico. La historia demuestra que eso rara vez funciona. El reto parece ser otro: aprender a utilizar estas herramientas sin dejar que sustituyan capacidades humanas que siguen siendo esenciales.

Las escuelas tendrán que enseñar no sólo contenidos, sino también cómo verificar la información, cómo identificar errores y cómo utilizar la inteligencia artificial con honestidad académica.

Las familias, por su parte, encontrarán cada vez más necesario interesarse por la manera en que sus hijos utilizan estas herramientas, conversar sobre ellas y acompañarlos en su aprendizaje. En esto los propios jóvenes tendrán un papel decisivo.

La inteligencia artificial puede convertirse en un excelente maestro o en un simple atajo para evitar el esfuerzo. La diferencia no estará en la tecnología, sino en las decisiones que tome cada persona al utilizarla.

México todavía tiene la oportunidad de prepararse para este cambio antes de que forme parte de la vida de prácticamente todos los estudiantes.

Quizá esa sea la conversación que conviene iniciar desde ahora: no si debemos aceptar o rechazar la inteligencia artificial, sino qué habilidades humanas queremos conservar y fortalecer en una sociedad donde las máquinas serán capaces de hacer cada vez más cosas.

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