Las ciudades crecen a velocidades diferentes. Los casos de Torreón y Querétaro 

Ilustración panorámica que integra elementos icónicos de Torreón, como el Cristo de las Noas y un perfil industrial, con el Acueducto y el moderno skyline de Querétaro. Ambas ciudades aparecen unidas por un mismo paisaje al amanecer, reflejando distintos ritmos de desarrollo urbano.
Una ilustración conceptual contrapone dos ritmos de desarrollo urbano. A la izquierda, Torreón simboliza la solidez de una ciudad con profunda tradición industrial; a la derecha, Querétaro representa el dinamismo de una metrópoli en plena expansión. Más que establecer una competencia entre ambas, la imagen invita a reflexionar sobre cómo las ciudades aceleran o desaceleran su crecimiento a lo largo de la historia.

Comparar Querétaro y Torreón puede enseñarnos sobre el desarrollo urbano en México

Quien visite hoy la central camionera de Querétaro y, días después, haga el mismo recorrido por la de Torreón, difícilmente evitará hacerse una pregunta. En la primera encontrará una terminal moderna, con un flujo constante de pasajeros, numerosas corridas y destinos que reflejan una intensa actividad económica. En la segunda descubrirá una infraestructura que, aunque sigue prestando un servicio importante para la región, transmite una sensación distinta: menor movimiento, menos rutas y un dinamismo mucho más moderado.

La misma impresión puede surgir al comparar los aeropuertos de ambas ciudades o simplemente al recorrer sus parques industriales, sus vialidades o sus zonas de expansión urbana.

¿Cómo dos ciudades que hace apenas unas décadas ocupaban posiciones semejantes dentro del desarrollo nacional terminaron avanzando a velocidades tan distintas?

La respuesta no está únicamente en Querétaro ni únicamente en Torreón. Está en un fenómeno mucho más amplio: las ciudades también aceleran y desaceleran.

Durante buena parte del siglo XX, Detroit fue sinónimo de industria automotriz. Shenzhen era un pequeño poblado pesquero. Bilbao vivía de los astilleros y la siderurgia. Múnich era una ciudad importante, pero lejos del protagonismo económico que hoy posee. Décadas después, las posiciones cambiaron.

No fueron casos aislados. La historia económica muestra que las ciudades no conservan indefinidamente el lugar que alguna vez ocuparon. Los cambios tecnológicos, las nuevas cadenas de suministro, las transformaciones demográficas y las decisiones públicas modifican continuamente el mapa del desarrollo.

México tampoco es ajeno a ese fenómeno. Hace cuarenta o cincuenta años, pocos habrían imaginado que Querétaro se convertiría en uno de los principales polos industriales del país mientras Torreón experimentaría una desaceleración relativa frente a otras regiones.

Querétaro logró insertarse en uno de los corredores económicos más dinámicos de México. Su ubicación geográfica, la continuidad de políticas orientadas a atraer inversión, el desarrollo de parques industriales, la apuesta por la manufactura avanzada, la industria aeroespacial, la logística y la formación de capital humano especializado generaron un círculo virtuoso. Llegaron empresas, creció el empleo, aumentó la población, se ampliaron los servicios y nuevas inversiones encontraron un entorno favorable para instalarse.

Sin embargo comprender el éxito de Querétaro explica solo una parte de la historia. Un lagunero probablemente se preguntará: ¿Qué ocurrió con Torreón? La respuesta exige evitar tanto la nostalgia como las explicaciones simplistas.

Torreón no dejó de ser una ciudad importante. Continúa siendo uno de los principales centros económicos del norte de México, mantiene una poderosa agroindustria, empresas con presencia nacional e internacional, una sólida cultura empresarial y una posición estratégica dentro de la Comarca Lagunera.

Lo que ocurrió fue algo diferente. Mientras otras regiones buscaron y encontraron nuevas oportunidades de crecimiento, la ciudad de Torreón mantuvo el mismo modelo económico que la había llevado al éxito durante el siglo XX.

La agricultura de riego, la producción lechera, la metalurgia, la minería y el comercio regional fueron motores extraordinarios de prosperidad. El problema nunca fue que dejaran de ser actividades valiosas. El problema fue que la economía mundial comenzó a otorgar mayor dinamismo a otros sectores: manufactura avanzada, automatización, ingeniería, centros de diseño, logística global, inteligencia artificial y economía del conocimiento.

Las ciudades que lograron incorporarse rápidamente a esas nuevas cadenas productivas aceleraron su crecimiento. En cambio las que en vez de reinventarse conservaron una estructura económica más tradicional continuaron avanzando, pero a un ritmo menor.

A ese proceso estructural se sumó un episodio que marcó profundamente a la Comarca Lagunera: la violencia. Durante varios años, la región vivió una de las etapas más difíciles de su historia reciente. Más allá del número de delitos, la violencia modificó la percepción de seguridad, afectó la confianza de inversionistas, alteró hábitos cotidianos y provocó que algunas familias y empresas buscaran nuevos destinos.

Con el tiempo, las condiciones de seguridad mejoraron significativamente. Sin embargo, la confianza económica suele reconstruirse mucho más lentamente que las estadísticas delictivas. Las inversiones que no llegaron durante aquellos años difícilmente pueden recuperarse de manera automática.

Existe además un factor menos visible, pero quizá más determinante para el futuro: la relación entre las universidades y la industria.

La Laguna cuenta con instituciones de educación superior de gran prestigio y forma cada año miles de profesionistas altamente capacitados. Sin embargo, el verdadero indicador no es cuántos jóvenes se gradúan, sino cuántos pueden desarrollar su talento sin abandonar la región.

Cuando la investigación universitaria, la innovación tecnológica y las necesidades de la industria no avanzan de manera coordinada, el resultado suele ser la migración del talento hacia ciudades donde existen mayores oportunidades para aplicarlo. Así, una región puede producir excelentes ingenieros mientras otras regiones cosechan los beneficios económicos de su trabajo.

Las ciudades más dinámicas del mundo han entendido que el desarrollo contemporáneo depende de una alianza permanente entre universidades, empresas y gobiernos. No basta con formar profesionistas; es necesario convertir el conocimiento en innovación, empresas, patentes y empleos de alto valor agregado.

A ello se suma otro desafío particular de la Comarca Lagunera. Económicamente funciona como una sola metrópoli. Socialmente comparte identidad, historia y vida cotidiana. Pero administrativamente permanece dividida entre dos estados y varios municipios. 

Esa fragmentación dificulta construir estrategias comunes para infraestructura, movilidad, promoción económica, desarrollo urbano o atracción de inversiones. Mientras otras ciudades toman decisiones desde una sola estructura estatal, La Laguna necesita coordinar múltiples agendas políticas e institucionales.

Nada de ello significa que el futuro esté escrito. Al contrario. La región conserva ventajas que muchas ciudades desearían tener: experiencia industrial, vocación exportadora, ubicación estratégica, infraestructura logística, una fuerte identidad comunitaria y una tradición empresarial reconocida en todo el país.

La verdadera discusión ya no debería centrarse en recuperar el Torreón de hace cincuenta años, porque las ciudades no regresan al pasado. Construyen futuros distintos. Más bien la discusión debe girar en torno a ¿Cuál será la nueva vocación económica de Torreón para los próximos treinta años?

Responderla implica dejar de pensar únicamente en las industrias que hicieron grande a la ciudad y comenzar a identificar aquellas que pueden convertirla nuevamente en un referente nacional. Implica fortalecer la vinculación entre universidades y empresas, consolidar la seguridad como una ventaja competitiva, construir una visión metropolitana compartida para toda La Laguna y apostar por sectores capaces de generar innovación, valor agregado y empleo especializado.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja la comparación con Querétaro. No demuestra que una ciudad sea mejor que otra. Demuestra que el desarrollo nunca permanece inmóvil.

Las ciudades aceleran cuando logran anticipar las transformaciones económicas de su tiempo, y desaceleran cuando confían demasiado en las fortalezas que las hicieron exitosas en otra época.

Pero la historia urbana también enseña una lección esperanzadora: ninguna ciudad está condenada por su pasado. Las comunidades que vuelven a crecer no son necesariamente las que poseen más recursos, sino aquellas que tienen la capacidad de construir un nuevo proyecto colectivo.

Las ciudades no comienzan a quedarse atrás cuando otra las rebasan. Comienzan a quedarse atrás cuando dejan de preguntarse cuál será el siguiente capítulo de su propia historia.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here